viernes, 22 de junio de 2018

Anna Frank y la Coexistencia. Conferencia del Prof. Carlos Ñañes



El nacimiento de una persona representa el valor de la existencia individual, el inicio de una historia personal que tiene principio, desarrollo y final. El ser humano no existe en solitario, sino en sociedad con otras personas, en un plano que muestra el valor de la interacción y de la experiencia compartida.

La coexistencia representa el valor del bien común a través de la existencia armónica de distintos elementos.

La coexistencia representa el valor de la otredad, reconocer al otro. Y no sólo reconocerlo, sino respetarlo y permitirnos entenderlo, es decir, asumir la alteridad. Este concepto progresivo integra el reconocimiento de los demás. Nuestra vida se desarrolla en una coexistencia constante. La coexistencia armónica aporta el bien común a la sociedad; sin embargo, eso no significa que no existan puntos de desencuentro, conflicto y diferencias de criterio. La coexistencia es un aprendizaje para cualquier persona que desee ir más allá de su individualismo, es un aprendizaje para adaptarse a los demás. La coexistencia es un acto reflexivo, sobre uno mismo y su lugar en el mundo.

Ahora, muchachos, debo explicarles –pues lo considero oportuno– quien fue Anna Frank.

Anneliese Marie Frank fue una joven alemana de ascendencia judía, mundialmente conocida por su relato La casa de atrás, obra que de manera póstuma se conoce como el Diario de Anna Frank. En esta obra describe como convive su núcleo familiar junto a cuatro personas más, mientras se ocultaban del horror homicida “nazi”, en plena II Guerra Mundial.

Frente al horror nacionalsocialista, esa pestilencia absurda llena de odio sin sentido, el testimonio de Anna Frank nos reconcilia con el sentido humano básico de la coexistencia como mecanismo para entendernos y aceptarnos. Este rasgo hace de los agobios vividos por los judíos durante el horror del reinado de la bestia negra del nacionalsocialismo un eco de resonancia común. Setenta y dos años después, en nuestra terrible realidad, la juventud está expuesta al riesgo del odio y el aislamiento, pero esa amenaza de la que penden a diario nuestras vidas debe ser el insumo para que desde nuestras familias apostemos por fomentar la otredad, entender al otro, aprender a adaptarnos a los demás y a hacer vínculos, entre todos y desde nuestro propio ser; creando en cada espacio nuestro amigo del alma, ese cuaderno que perfila las líneas de un país mejor, de un futuro en libertad y de un mundo interior donde la ética y la moral sean la geometría de nuestro país.

El relato de Anna Frank es el drama de la guerra, la amenaza del odio hecho política de Estado. Muchos de ustedes conocen el final del diario. “Kitty”, nombre con el que Anna se refería a su diario, no terminó en una historia feliz, de vacía alegría o de simpleza. “Kitty” describe el arresto de Anna; de Margot, su hermana; de Edith, su madre; de Otto, su padre, al igual que los Von Pals, el Dr. Pfeffer, sus mecenas y protectores, Víctor Kugler y Johannes Kleiman, quienes fueron también encerrados por ayudar a judíos. Miep y Bep Voskuijl pudieron escapar, recoger los papeles del diario y darnos este testimonio.

El 4 de agosto de 1944, la pluma libre de Anna dejó de trazar esperanzas en aquellas hojas. Meses después, Anna, Margot y los cuatro inquilinos encontrarían la muerte: unos gaseados, otros –como fue el caso de Anna, Margot y Edith– murieron víctimas de Tifus, la fatiga y el hambre. Desnuda y vilipendiada, Anna fue sometida a las torturas más crueles en Auschwitz-Birkenau. Rapada, llena de costras y temblorosa, sucumbió al odio y al horror del nacionalsocialismo.

¿Pero Anna murió y su historia culmino con su existencia física? ¿Su triste historia es inapropiada para ser contada a niños y jóvenes como ustedes?

La respuesta, mis queridos jovencitos, es un rotundo no. Anna Frank y su ático, Anna Frank y su anexo, Anna Frank y su Casa de atrás, Anna y su escaparate en Ámsterdam que le servían de refugio y escondite, fueron, son y serán una lección de coexistencia para aprender a adaptarnos al otro, para convertir el horror en esperanza, para ver en Peter y Anna el nacimiento de la empatía desde donde nace el amor, la esperanza de poder resistir al cruel y la dignidad de aceptar la cárcel, como resultado de hacer lo que es justo. Cuando la crueldad es la ley, se corre entonces el riesgo de Krueger y Kleiman, al denunciar los horrores de las tiranías, esas que no tienen ideologías y cuyo único rasgo común es el mal. El destino nos compromete con la máxima cantada por el poeta Benedetti: “Libertad es una palabra aguda, muerte es una palabra grave y cárceles es esdrújula terriblemente acentuada y aceptada cuando el mal y el cruel gobiernan”.

Anna nos enseña a coexistir con el terror de la muerte. En medio de la coexistencia misericorde de quien ayuda desde el bien y la solidaridad, Anna fue feliz pese al horror y la adversidad, como lo atestiguan sus fútiles e iniciales pasos en el diario, en los que nos narra la vida de una colegiala alemana de los cuarenta. Como espectadores omniscientes podemos introyectarnos en la narración cruda de un ruido externo, que impacta la vida cotidiana de los Frank: del miedo a lo desconocido pasaron al terror de lo certero. Las enseñas amarillas con el símbolo de la estrella de David, la segregación por razones sociales y la clandestinidad se trocaron en el horror sólido de contarse entre los millones de víctimas del holocausto nazi.

Por incoherencias del destino, Otto, su padre, logra salvar la vida, quizás para dejarnos una lección: el exilio que no pudo proporcionarle a su familia no fue una limitante para que Anna no pudiera escapar. Anna, su hermana Margot y su madre Edith, vivieron más allá del gas y del tifus, se alzaron cual éter sobre el horror humano, al lograr insiliarse en aquellas páginas desgastadas del diario y en el interior del alma de Anna. Quiero hacer uso de las descripciones que me puedo permitir, dadas las características de este auditorio, sobre las particularidades de Auschwitz- Birkenau. Este círculo infernal levantado por la mano del hombre en Polonia recibió sediento de sangre a las hermanas Frank y a su madre. En sus entrañas grises, Anna fue rapada, sometida a trabajos forzados y humillada hasta más allá de la razón humana, tatuada en el antebrazo e infectada de tifus. Cubierta de costras se presentaba dispuesta a velar por el bienestar de Margot, quien agonizaba en su litera, hasta que cayó muerta y vencida por la tiranía de Adolfo Hitler. Sí, a Margot la mató la banalidad del mal, eso que la también judía Hannah Arendt llamaría la laxitud ante la maldad.

Los intersticios del destino hicieron que se esfumase la vida encerrada en el cuerpo frágil de Anna, colapsado de tanta maldad. Su muerte se dio unas semanas antes de los aliados liberasen Auschwitz-Birkenau.

Entonces les repito la pregunta: ¿Anna murió vencida en Auschwitz? ¿Anna fue una estadística más de esta crueldad?

La respuesta, estimados hijos, es ¡no! Anna Frank fue, es y será un testimonio para y por la coexistencia, para y por la humanidad, para y por el hecho siempre humano y racional de respetar al otro.

Decía Elie Wiesel, superviviente de Auschwitz y premio Nobel de la Paz, que “sin memoria, el ser humano entra en una soledad de silencio e indiferencia; quien no recuerda pierde su humanidad”. El relato de Anna en las hojas de “Kitty” nos compromete con nuestra humanidad, al dejar testimonio de cómo la solidaridad llega para instalarse en el dolor como el único egoísmo permitido. Con sus 15 años y sus sueños de adolescente, Anna Frank venció el horror, la guerra, la maldad y hasta burló el tifus inoculado por las inmundas condiciones de Auschwitz. Se pudo apagar la vida terrenal de Anna, pero su testimonio es una advertencia latente contra el odio homicida, una alarma y hasta una vacuna contra la intolerancia. Su relato es el himno a la humanidad y a la naturaleza humana de coexistir con, por y para el respeto.

Hoy, en este ilustre instituto educativo que lleva por nombre Juan XXIII, recordamos las encíclicas de éste, quién fuera ascendido a los altares el 27 de abril de 2014; en las mismas define la labor de la Iglesia como Madre y Maestra (Mater et Magistra) y nos aproxima desde esa máxima educativa también a la otredad en Paz en la Tierra (Pacem in Terris), esta última, escrita al borde de la Guerra Fría, durante la crisis de los misiles en 1962.

Como educadores nos corresponde enseñar a tolerar, insuflar en nuestros educandos el respeto por el otro, el valor de la alteridad y el rol transformador de la educación como compromiso con, por y para la libertad y la tolerancia, que son esferas yuxtapuestas. Colegas docentes, nosotros, como apóstoles de la tolerancia y refugio de la civilidad, debemos y tenemos que educar en el respeto y la alteridad, no podemos ser indiferentes a las amenazas que se ciernen sobre este nuestro apostolado. Debemos y tenemos que ser firmes frente a la intolerancia y el odio, de lo contrario seremos cómplices del tirano y del homicida.

Hoy, con angustia, debo reconocer y debemos reconocer como ejercicio de disciplina grupal, que Venezuela, nuestro país, se enfila peligrosamente a ser una suerte a Auschwitz tropical; miles de nuestros hogares viven el hambre y los agobios del ático de los Frank, cientos de niños exhiben las pústulas purulentas de Anna, la fiebre y la peste arrancan de nuestra patria a niños, madres y ancianos; los hospitales, citando palabras de mi amigo y sacerdote el Padre Torreiro, “son templos de dolor”; la delincuencia escupe dardos de fierro sobre nuestros hermanos y el uniformado sin patrones morales, agrede y reprime a sus pares, en palabras de San Arnulfo Romero: “Las súplicas tumultuosas de nuestro pueblo suben al cielo”.

Frente a este horror, nosotros, docentes, debemos educar para la solidaridad, la libertad, la tolerancia y el respeto. Hacer viva, pues, la máxima de Theodor Adorno. “Si la educación tiene algún sentido es evitar que Auschwitz se repita”. Desde la victoria silente de Anna Frank, sobre la metralla de la guerra, sobre la homicida tiranía de Hitler y sobre la crueldad, debe primar lo urgente de la libertad sobre lo prioritario de existir.

Finalmente, hoy debo darle gracias a Dios por poder dirigirme a este auditorio en donde reina la juventud y la esperanza, reconocer el denodado esfuerzo de la organización Espacio Anna Frank y agradecerle a la vida por permitirme formar parte del claustro de mi amada Universidad de Carabobo, “luz de una tierra inmortal”, quien al igual que Anna Frank es espacio de coexistencia, tierra de todos, y cuyo campus abierto y desafiante no escapa del expolio y el latrocinio deliberado de aquellos quienes apuestan por nuestro silencio. Jamás hará silencio el jubiloso canto de Lauro, en el surco seguirá creciendo la espiga y en las entrañas de sus aulas se dará la batalla, en la que el tirano será vencido una y otra vez.

Quiero despedirme con un canto de un amigo y condiscípulo de ascendencia judía a quién conocí en la UCV. Es un canto de esperanza y fe, esos cantos que han de ser bálsamo en nuestros agobios.



A… Shira Ladonai – Kiga ohga ah.

(Cantaré al Señor pues ha triunfado gloriosamente).

Mi khamo khaba elim Adonai.

(Quién es como tu oh Dios, entre lo celestial).

Mi khamo Khanedar ba kodesh.

(Quien es como tu majestuoso en Santidad)

Na hitan ve hasve kha am zu ga alta

(En tu amor tu guiaste a la gente que redimiste).

Ashira-Ashira-Ashira…

(Cantaré, cantaré, cantaré…).


Ashira - ashira – ashira, para Anna Frank y su coexistencia. ¡Que cante el mundo de amor, libertad y solidaridad, sobre el horror y la muerte!

Dios los bendiga, nos vemos en la Universidad de Carabobo y en libertad.


Conferencia dictada a los estudiantes del I.E. Juan XXIII, 
en la inauguración de la VI Semana de Reflexión “Ana Frank”  

Valencia, 11 de junio de 2018

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