martes, 20 de febrero de 2018

Palabras del Embajador de Italia en Venezuela, Sr. Silvio Mignano, a propósito de In Memoriam 2018


C’era una volta una guerra, una grande e terribile guerra, che faceva morire molti soldati da una parte e dall’altra”. Así comienza el relato “Las guerras de las campanas”, de Gianni Rodari, el más grande escritor italiano para niños del siglo pasado, quien fue también joven partisano durante la liberación del nazi-fascismo y creador de la revolucionaria Gramática de la fantasía, que trajo un viento de maravilla y encanto a la literatura infantil italiana y europea: “Érase una vez una guerra, una gran y terrible guerra, que hacía morir a muchos soldados de un lado y del otro. Nosotros estábamos acá y nuestros enemigos estaban allá, y nos disparábamos encima noche y día, pero la guerra era tan larga que en un cierto momento nos faltó el bronce para los cañones, ya no teníamos hierro para las bayonetas”.

En la fábula de Rodari el comandante del ejército, Ultrageneral Bombone Sparone Pestafracassone, decide fundir las campanas de las torres campanarias para fabricar nuevas armas, y lo mismo piensa el jefe de los enemigos, el Muertescal Von Bombonen Sparonen Pestafrakasson, pero inevitablemente cuando la guerra comienza de nuevo, ¿qué ocurre?

“Un artillero presionó un botón, y de repente, de un extremo al otro del frente, se escuchó un gigantesco sonido de campanas: ¡Din! ¡Don! ¡Dan!

¡Din! ¡Dan!, tronaba ahora nuestro cañón.

¡Don!, contestaba el del los enemigos. Y los soldados de ambos ejércitos saltaban de las trincheras, corrían los unos al encuentro de los otros, bailaban y gritaban: ¡Las campanas, las campanas! ¡Es la fiesta! ¡Explotó la paz!

El Ultrageneral y el Muertescal montaron en sus carros y se fueron lejos, y consumieron toda la gasolina, pero el sonido de las campanas no dejó de perseguirlos”.

Amé mucho este cuento, cuando niño, y lo había olvidado, hasta que fui invitado a este día tan importante, el Día de la memoria, donde entre las varias actividades se previó intercambiar juguetes de guerra con juguetes de paz, o poemas, dibujos.

Imaginación.

La guerra, la violencia, la persecución de los más débiles, del pueblo, el deseo de destruir un pueblo entero son actos sin imaginación, sin fantasía. Los jerarcas y los ejecutores que hace casi ochenta años pusieron en marcha la Solución Final quizás hasta pensaron tener imaginación, al haber creado un mecanismo con inteligencia propia. No fue así, no hay nada más pobre, banal y profundamente estúpido que el deseo de destrucción. Esto no quiere decir que debamos subestimarlo, ignorarlo, que no debamos temer que se pueda repetir. Las fuerzas profundas que habitan nuestras entrañas, que cavan dentro de ellas túneles de rencor y de oscuridad, existen lamentablemente en nosotros y quizás duermen años o décadas pero siguen allí.

Siguen esperando que nos distraigamos, que nuestra imaginación, nuestra fantasía, tomen un momento de descanso y dejen un espacio vacío, en el cual ellas, esas fuerzas, puedan nutrirse del vacío y fortalecerse.

Hace setenta y tres años logramos ganar. Los ejércitos libertadores entraron en los campos de concentración. Los sobrevivientes y los aliados fueron los unos al encuentro de los otros, pero sin correr, como los personajes de la fábula, porque sus cuerpos eran casi esqueletos, débiles y frágiles. Se supo todo del horror.

Se fundaron estados, organismos internacionales, comunidades regionales integradas para que nunca más se pudiese repetir la atrocidad. En mi país, el artículo 3 de la Constitución introduce la igualdad absoluta de todos ciudadanos, sin distinción de sexo, raza, lengua, religión, opiniones políticas, condiciones económicas y sociales. Un genetista italiano, Cavalli Sforza, llegó más lejos y fue el primero en demostrar la inexistencia científica de las razas, rescatando la inteligencia y la ética de un país, el italiano, que tuvo la vergüenza de publicar en la década de 1930 una revista titulada La defensa de la raza.

Las leyes raciales, dijo el Presidente de la República Italiana Sergio Mattarella hace dos días, con ocasión del Día de la memoria, han sido una página oscura e infamante, una mancha indeleble para Italia, y es absurdo oír aún hoy en día que el fascismo pueda haber hecho algo bueno.

Nosotros ahora esperamos que nuestros cañones hagan “din don dan” como campanas de paz, que la Gramática de la fantasía escriba cada día páginas felices y alegres para todos los niños y los adultos.

“¿Cuánto pesa una lagrima?”, se preguntó Gianni Rodari. “La de un niño hambriento pesa más que toda la tierra”.

Queremos que esto ya nunca más ocurra, que más bien prevalezca este otro poema de Rodari:

“Calculen el perímetro de la alegría,
La superficie de la libertad
El volumen de la felicidad…
Y: ¿cuánto pesa una carrera en una pradera?”.

Queremos que los niños puedan jugar con los juguetes que más aman, que puedan correr en las praderas, calcular la superficie de la libertad, el volumen de la felicidad, sin hambre, sin miedo, recorriendo por entero el perímetro de la alegría.

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