jueves, 7 de julio de 2016

Los justos en el conflicto armado colombiano




Sobre las laderas del Monte del Recuerdo en Jerusalén el Yad Vashem, centro mundial de conmemoración del Holocausto, ofrece un espacio para venerar la memoria de 6 millones de judíos asesinados durante la Shoá, pero también de aquellos no judíos que arriesgaron sus vidas para salvar las vidas de tantos judíos. A estos “Justos entre las Naciones” provenientes de 52 países, el Estado de Israel les ha dedicado un jardín, sembrando miles de árboles en su memoria y erigiendo muros memoriales que exhiben sus nombres. Hasta finales de 2015 se han reconocidos 26,120 justos.

Unos de ellos son más conocidos. Steven Spielberg, por ejemplo, ganó siete Óscares contándonos la historia de Oskar Schindler, comerciante alemán en Cracovia, Polonia, quien salvó la vida de 1.200 judíos en una audaz operación de rescate. Gino Bartali, por su parte, uno de los más grandes ciclistas en la historia deportiva italiana, fue mensajero de la resistencia durante la ocupación nazi de Italia y escondió en el manubrio y en la silla de su bicicleta documentos falsos que sirvieron para permitir la fuga de judíos de la persecución nazi-fascista.

Otros “Justos” son prácticamente desconocidos: Karolina Kmita, polaca, escondió a dos niñas judías abandonadas en un bosque y continuó a visitarlas en las noches, no obstante las nevadas, trayéndoles comida, ropa y consuelo. Olena Hryhoryshyn, una granjera ucraniana analfabeta, cuidó a una huérfana judía no obstante las amenazas de vecinos y conocidos y vagó con ella, protegiéndola de los nazis y de los miembros de la milicia ucraniana. Wilhelm Adalbert Hosenfeld, capitán de la Wehrmacht, ayudó al pianista judío Wladyslaw Szpilman a sobrevivir en la Varsovia de 1944 y el mayor Francis Edward Foley, oficial del Servicio de Inteligencia Británico, relajó las reglas consulares en la embajada británica en Berlín para ayudar a miles de familias judías a huir a Gran Bretaña.

Latinoamérica también tiene sus “Justos”. El salvadoreño José Arturo Castellanos, el ecuatoriano Manuel Antonio Muñoz, el peruano José María Barreto, y la brasilera Aracy Carvalho, expidieron desde sus respectivas embajadas y consulados visas y pasaportes a judíos salvándolos de los campos de concentración. Otros latinoamericanos, como la chilena María Edwards McClure, la cubana Amparo Otero, y el surinamés William Arnold Egger, escondieron a niños y familias judías corriendo graves riesgos para sus vidas y las de sus familias.

Ahora bien, Colombia ha tenido un conflicto armado interno que ha durado seis décadas y que ha dejado más de 6 millones de víctimas. La paz en Colombia exige que se honre la memoria no solamente de las víctimas, sino también de los justos que a lo largo del conflicto, llegaron a apartarse o a traicionar a sus propios grupos sociales u organizaciones, o simplemente dejaron unas cómodas prácticas de aquiescencia frente a la violencia a su alrededor y asumieron costos y riesgos personales para salvar vidas inocentes.

Hasta ahora Colombia no sabe ni ha contado la historia de sus justos. Necesitamos contar las historias de militares que se resistieron a ser cómplices en actos atroces, que se opusieron a ellos o que no se quedaron en silencio frente a ellos. Necesitamos saber de aquellos empresarios que le negaron el apoyo a paramilitares, aún si estaban siendo presionados, y que se interpusieron a las prácticas atroces de aquellos grupos para proteger a víctimas inocentes. Necesitamos conocer las historias de miembros de grupos al margen de la ley, paramilitares o guerrilleros, que puedan haberse negado a ejecutar órdenes atroces o que hayan tomado papel para evitar daños a inocentes. Necesitamos contar las historias de aquellos militantes de partidos políticos que se negaron a la ambigüedad cómplice o cómoda frente a la violencia, que se resistieron a las prácticas de combinación de las formas de lucha y que fueron por eso marginalizados o asesinados por las alas militares de sus mismas organizaciones. En fin, necesitamos recordar a todos aquellos que, desde el Estado, desde los grupos al margen de la ley, desde el sector privado, desde la sociedad civil, o simplemente desde la ciudadanía, decidieron en algún momento romper el círculo de la violencia.

La paz en Colombia necesita de la inspiración de estas historias. En una Colombia dividida y polarizada, en la cual actores de todos los lados del espectro político tendrán la tentación de creer que en política lo único que cuenta es ganar, y no ganar bien, necesitaremos cultivar el coraje entre la ciudadanía de decirnos las cosas con franqueza y de defender principios y garantías, aún cuando eso desata linchamientos o manipulaciones maliciosas por parte de quienes invocan principios y garantías a la carta solamente cuando les conviene a su bando.

El ejemplo de los justos en el conflicto armado colombiano, ciudadanos que se arriesgaron para no ser cómplices de la violencia y que pagaron por eso en carne propia, permitirá iluminar el sendero en el cual los constructores de paz podrán caminar en los próximos años en Colombia en un contexto en el cual no siempre quienes invocarán la palabra “paz” lo harán a beneficio de todos. Ojala la fuerza y la integridad de los justos alienten e inspiren a quienes intentarán hacer simplemente lo correcto.

©Carlo Tognato
Tomado de la página: La Silla Vacía (www.lasillavacía.com)

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