jueves, 14 de noviembre de 2013

Palabras de Elías Pino Iturrieta en la presentación del libro de historia ilustrada "Rumbo a la Libertad", de Espacio Anna Frank


La prensa de Europa trajo la semana pasada una información espeluznante. De acuerdo con los resultados de una encuesta realizada a escala continental, afirmaron los periódicos, el antisemitismo ha crecido hasta situaciones alarmantes. Mientras prolifera la exhibición de símbolos nazis y falangistas, junto con objetos referidos a los autoritarismos del siglo XX, las respuestas de los encuestados indican el retorno de una enfática animadversión hacia los judíos que debía estar enterrada en el cementerio debido al escarmiento de la historia.

No se trata ahora de que la gente, por descuido, por ignorancia o por irresponsabilidad, se tropiece de nuevo con la misma piedra, como suele suceder, sino de la confirmación de cómo los sentimientos más destructivos y desoladores, de cómo la maldad restablecida en toda su redondez, vuelven por sus fueros como si cual cosa. Estaba escondida esa maldad, estaban agazapados esos empeños del odio, pero regresan en la confesión de unas personas comunes y corrientes que marchan por la calle y son interrumpidas por las preguntas de un encuestador a las cuales contestan con el mayor desparpajo para seguir su periplo sin cargas de conciencia. Están preocupadas por el desempleo, por problemas de salario y vivienda, por los recortes en los servicios de salud y educación, no faltaba más, pero se alejan de la escena dentro de la que se desenvuelven sus urgencias para poner los ojos en una antigua víctima propiciatoria que carece de vínculos con aquello que de veras los agobia.

Es como si la historia hubiera pasado en vano, como si no hubiese dejado su lección de tormentos y sangre, como si estuviera dispuesta una porción de la humanidad a revivir escenas de pavor y vergüenza que únicamente significan baldón e ignominia de numerosas generaciones desde el principio de los tiempos. Pero está pasando ahora, en una latitud que consideramos como culta sin recordar que ha sido protagonista de una barbarie a la que parece aferrada de nuevo en nuestros días como si hiciera gala de sus mejores obras. Asunto preocupante, estimados amigos, del que, en principio, parecemos estar alejados nosotros los venezolanos.

En efecto, hasta ahora no hemos manifestado aquí en Venezuela conductas semejantes frente a los judíos. Para tratar de ser justo, diría que no han sido ellos un problema para la mayoría de los venezolanos formados en los hábitos de los mayores y que se han establecido desde la antiguedad. Cierta desconfianza al principio, tal vez y a lo sumo, pero capaz de desaparecer con espontaneidad cuando se incorporan a la rutina de las mayorías y se vuelven masa de la levadura nacional. Tal vez no se trate de un sentimiento establecido a cabalidad, debido a que últimamente no ha dejado de ser interferido por un ruido susceptible de perturbarlo y de pretender que deje de ser lo que ha sido. No ha pasado a mayores ese ruido, por fortuna, pese a que en no pocas ocasiones ha salido de las alturas del poder y de voceros capaces de influir en la opinión pública, pero anda rondando por allí, a veces agazapado y en ocasiones mostrando sin embozo su rostro.

Como lo hizo en 1939, por ejemplo, ante la posibilidad de que un grupo de judíos que escapaba de la ocupación nazi de Europa se estableciera entre nosotros. No faltaron entonces las voces que manifestaron su oposición al recibimiento de esa primera diáspora, no sólo porque la recepción significaba un desafío frente al creciente poder de Hitler, sino también por escondidos prejuicios que aconsejaban el alejamiento de unas criaturas condenadas por la tergiversada interpretación de los evangelios. Prevaleció la sensatez, por fortuna, prevaleció la voluntad recta de quien entonces ejercía la presidencia de la república, Eleazar López Contreras, y los perseguidos de la inaugural travesía recibieron acogida entre nosotros. Las presiones hicieron vacilar al primer magistrado, pero su bonhomía se alzó frente a ellas y permitió el ingreso de la penosa emigración que venía a bordo del buque Caribia. No estaba solo en su decisión don Eleazar, si juzgamos por la acogida que dio la sociedad a los recién llegados: les abrió sus puertas sin reserva y permitió que rehicieran la vida después de una experiencia de atrocidades. Se impuso entonces el sentimiento predominante de la colectividad, aunque no dejaron de estar presentes ciertas voces y conductas críticas que dejaron de influir en breve.

De este suceso singular trata Rumbo a la Libertad, la publicación que hoy pone en circulación Espacio Anna Frank como primer fascículo de una colección titulada “El país de los brazos abiertos”, que hoy tengo el privilegio de presentar. Desde su nacimiento en 2006 como asociación civil sin fines de lucro, Espacio Anna Frank se ha dedicado a promover los valores de la convivencia civilizada y a destacar las conductas valientes contra las fuerzas que niegan el derecho del prójimo a vivir con la libertad y con el decoro que les corresponden como seres humanos y como habitantes de una república democrática. Con el querido y respetado Ildemaro Torres a la cabeza, Espacio Ana Frank no ha cejado en su empeño de hacer de Venezuela un contorno hospitalario para propios y extraños. En consecuencia, acompañarlos ahora en su travesía es un honor que agradezco de veras.

Rumbo a la Libertad es un cómic, es decir, una manera sencilla y atractiva de comunicar una historia susceptible de capturar la atención de una amplia lectoría. Describe la peripecia de un conjunto de judíos que escapan de la ocupación nazi de Europa que amenaza su vida, sus bienes, sus valores y su fe. Escapan sin destino cierto en un buque llamado Caribia y, en 1939, la desesperación los coloca frente a las costas venezolanas. Frente a la incertidumbre, en principio, porque les ha sido imposible encontrar acogida en otras latitudes, pero por fin logran la autorización del jefe del Estado para desembarcar y para establecerse definitivamente aquí. La extraordinaria peripecia que por fortuna tuvo un final feliz se recoge en esta atractiva publicación que debemos a las ilustraciones y al diseño de Eduardo Sanabria, nuestro admirado y combativo EDO, a la investigación histórica de Nahir Márquez, meticulosa y apropiada, y a un guión caracterizado por la agilidad que debemos a Jaime Barres, todos bajo la coordinación de general de Ilana Beker.

Han hecho un estupendo trabajo, a través del cual se puede popularizar una experiencia que nos incumbe a todos, no sólo porque remite a un episodio de importancia para la contemporaneidad venezolana sino también porque nos conecta con los acontecimientos que en ese tiempo conmovieron al género humano, porque nos incluye como sociedad en el teatro de los pecados escandalosos y de las virtudes heroicas que formaron la esencia de un tiempo imprescindible para el entendimiento de la vida en el futuro. De cómo entramos nosotros en esa historia, pero también de cómo salimos airosos, da cuenta este notable esfuerzo de divulgación que hoy promueve Espacio Anna Frank.

El cómic trata de un suceso sólo remoto en apariencia, si recordamos, según se dijo al principio, que los demonios del antisemitismo salen otra vez de su oscura caverna. En Europa, de momento, pero de donde menos se espera salta la liebre. De allí que convenga su divulgación en ámbitos masivos, lo cual no será arduo si consideramos la calidad del trabajo y la buena manera que ha buscado de hacer accesible la historia al entendimiento de cualquier destinatario.

Agradezco a los amigos de Espacio Anna Frank y a su presidente, Ildemaro Torres, que, en 2013, me hayan permitido viajar en el Caribia de 1939, rumbo a la libertad.


(Librería El Buscón, martes 12 de noviembre de 2013)

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