sábado, 6 de abril de 2013

"Holocausto desde de la distancia", por Marianne Kohn Beker


La xenofobia es un sentimiento inherente a la naturaleza humana que tiende a discriminar a quienes siendo de su mismo género resultan extraños, distintos; lo que provoca la desconfianza y el temor hacia esos “otros”, motivo suficiente para justificar el odio y sus violentas consecuencias como el maltrato, las expulsiones e, incluso, las matanzas. Ese sentimiento se activa con la irrupción de doctrinas exclusivistas, por lo que se inflamó con el nacimiento de las ideologías nacionalistas y desembocó en persecuciones cruentas que envilecieron a todo el siglo XX, y amenazan con extenderse bajo un nuevo disfraz al siglo XXI.

Todos tenemos un fascista por dentro, solo que anteriormente ese ente egoísta, prejuiciado y dogmático que se mantiene adormilado en nuestro interior, para atizarse en las épocas de crisis, era incapaz de alcanzar la dimensión exorbitante de su manifestación en la actualidad, cuando dispone de los recursos de la tecnología sofisticada. Los nazis mostraron al mundo lo que es posible hacer de proponérselo, en su empeño de deshacerse de sus “indeseables”: homosexuales, minusválidos, comunistas, gitanos, razas inferiores y –muy especialmente– judíos. Fueron tan eficaces que, de haber ganado la guerra, habrían terminado de cumplir su cometido.

Los falangistas españoles, los xenófobos franceses, los racistas surafricanos, los suprematistas blancos, los fundamentalistas musulmanes, los fascistas italianos, los serbios cristianos, todos preconizan los mismos odios y rencores de los nazis. Ellos solo se contentarían con el exterminio de sus enemigos, a quienes satanizan, difundiendo su odio con todo el poder que ha alcanzado hoy la propaganda.

Cuando se pudo conocer los horrendos actos cometidos por los nazis, especialmente contra los judíos, parecía inconcebible que en esta época, supuestamente encaminada hacia el mayor bienestar común, una acción tan abominable hubiera ocurrido nada menos que en el continente que se preciaba de ser cuna de la civilización occidental. Porque este estallido de incontrolable violencia en la “Edad de la Razón” no podía ser cometido por los herederos de la Ilustración. Se prefería creer que se trataba de un fenómeno extraño de retroceso hacia épocas primitivas y bárbaras, de hordas salvajes. Por desgracia, estudios rigurosos posteriores llegaron a la irrefutable conclusión de que los asesinatos en masa, como los sucedidos en nuestra época son hijos legítimos de la Modernidad, y solo en su contexto pudieron ser puestos en marcha.

La empresa modernizadora, en vez de alcanzar la universalidad que preconizaba, se empeñó en someter a los "otros”, exigiéndoles la renuncia a sus diferencias si querían compartir sus derechos. Bien pronto comenzaron a perseguirlos en forma semejante a como la Inquisición se comportó con los conversos. Los “otros” no dejaron de ser los “otros” por más que se propusieran ser iguales, incluso cuando ya habían olvidado su antigua identidad.

El mejor ejemplo lo constituyen los judíos: A partir del momento mismo en que recibieron la ciudadanía, abrazaron la cultura occidental con pasión. Muchos de ellos se destacaron como apóstoles de las ideologías modernas. Sin embargo, y como no era tan fácil distinguirlos físicamente para emplear contra ellos el argumento racista, el pueblo alemán llegó a definir su propia identidad como contraria de la judía, a la cual se tomó todo el empeño en demonizar. Esto comenzó a ocurrir en el siglo XIX.

Cuando Hitler asumió el poder en Alemania, parte del trabajo estaba hecho, bastó declarar a los judíos inasimilables, incapaces de adaptarse a la cultura que los nazis diseñaron para el Tercer Reich para convencer al pueblo alemán y a gran parte del mundo de la necesidad de deshacerse de ellos , para lo cual elaboraron y pusieron en práctica el abominable programa de la Solución Final: no dejar ni uno solo de ellos vivo.

La magnitud del crimen cometido por los nazis, demostró que el conocimiento científico, por su misma condición de amoralidad, puede ser utilizado indistintamente para hacer el bien o el mal. Gracias al alto grado de organización, burocratización y automatización de la tecnología moderna, un régimen que haya concentrado suficiente poder y se lo proponga, puede conducirnos hoy en día a la autodestrucción.

Otro de los mitos de la Ilustración responsable del descalabro actual fue creer que la conducta racional es la característica dominante del pensamiento moderno. En primer lugar, los hombres no somos todo lo racionales que aspiramos y a veces alardeamos ser. Por la otra, si bien el uso de la razón y la búsqueda de la objetividad han promovido extraordinarios avances en el conocimiento científico, no es menos cierto que el progreso del hombre, es decir su bienestar, no depende exclusivamente del grado de su desarrollo.

El aumento del conocimiento no ha resuelto nuestros más álgidos problemas. La falta de respuestas a las preguntas básicas del ser humano, hace que el hombre común de hoy se aferre más, como medida de seguridad, a las antiguas certezas de su tribu que lo invitan a disociarse del resto, volviéndolo más intolerante. El comportamiento humano, tiende a ser muy difícil de predecir. ¿Quién hubiera imaginado que el siglo XX iba ser un siglo donde la religión iba a ocupar un sitial político tan importante? Hoy, sectas y regímenes autoritarios comparten rasgos comunes y compiten violentamente entre sí.

El oscurantismo y la intolerancia ya no se enmascaran como en los años de posguerra. Al contrario, está de moda incluso inmolarse con tal de que sirva parar matar a muchos otros inocentes. La globalización complica aun más el estado de las cosas. Se teme que ella involucre pérdida de identidad, aculturación, debilitamiento de tradiciones y costumbres. Temor que vuelve aún más virulentos a los movimientos ultra nacionalistas, que se oponen a cambios que afecten sus particularidades étnicas, raciales o religiosas. La globalización implica además cambios económicos drásticos capaces de producir el empobrecimiento de grandes sectores de la humanidad. Y hay muy pocos que entienden que se trata de un proceso irreversible, lo cual despierta aún más animadversión contra ella.

No faltan quienes acusan a los judíos de ser los inventores de la globalización. Ni siquiera el hecho de que los judíos sufren igualmente sus consecuencias negativas, debilita estas falsas convicciones. En vez de aceptar la entrada en la era global como producto inevitable del desarrollo galopante de la tecnología en el mundo contemporáneo, y tratar de encontrar vías para aminorar sus efectos adversos, hay quienes prefieren un camino más fácil aunque sea injusto: buscar un culpable, un chivo expiatorio entre la población más vulnerable. Las minorías son el blanco predilecto en estos casos.

Los conflictos culturales se vuelven cada vez más virulentos y peligrosos, porque es mucho más fácil aferrarse a la creencia de la necesidad y el orden, que saberse inmerso en la contingencia, la ambigüedad, la provisionalidad. Para sobrevivir en una sociedad que es simultáneamente global y multicultural hace falta un compromiso universal por el respeto mutuo a las diferencias, el logro de un orden universal que valore la igualdad de derechos para compartir el mundo sin menoscabo de sus peculiaridades y creencias. Nuestros jóvenes, por lo general apáticos a la política, despiertan al llamado del odio diseminado a través de las extraordinarias oportunidades que ofrecen los medios de comunicación masiva, porque se les presenta como la manera más fácil de salir de su invisibilidad. Jóvenes que sienten que no tienen nada que perder, puesto que el mundo actual les ha robado cualquier otra oportunidad de labrarse un porvenir. Son ellos carne de cañón de los movimientos extremistas, sin percatarse que sus dirigentes, contrariamente a lo que uno espera de ellos, no se oponen a los manejos del Mercado y hacen buen uso de la tecnología más sofisticada en beneficio de sus intereses. A través de la red divulgan por el mundo mensajes que sirven de agentes provocadores a los usuarios desprevenidos o confundidos.

Canjear la libertad política por la oferta de orden y seguridad proveniente de quienes ostensiblemente solo tienen intereses de dominación, nos aseguran más muerte y desolación, mientras en el horizonte se perfila cada vez más la sociedad esclava de un régimen totalitario. La alternativa es aceptar la precariedad del destino del hombre, que si bien no facilita las cosas, impulsa a afrontar los problemas, paso a paso, a sabiendas de deficiencias y limitaciones. Dejar prevalecer el juicio crítico, para rechazar los movimientos redentores y lemas y consignas de liderazgos que ofrecen algo así como un “nuevo orden mundial”, o las panaceas mesiánicas que sólo acarrean injusticias masivas hacia todos aquellos que sean declarados inasimilables a ese supuesto nuevo ordenamiento social.

No se trata solo de ser tolerantes. Tolerar es tener que soportar sin humillar a aquellos que no son como nosotros. Eso no es suficiente, es necesario solidarizarse con ellos. Compartir responsabilidades por el respeto mutuo. No se trata solo de evitar el conflicto, sino de defender los derechos de los demás, igual como defendemos los nuestros. En vez de ir en busca de la uniformidad universal, es necesario lograr que convivan las diferencias en un clima de colaboración mutua y buena voluntad.

Los regímenes serán genuinamente democráticos en la medida en que se propongan ser genuinamente pluralistas. Pero, hay que comenzar por intentarlo a través de la educación formal e informal en todos los niveles. Temo que las nuevas generaciones crecen indiferentes al sufrimiento ajeno. Deberíamos exigir que la educación se ocupara prioritariamente de enseñar a reprimir la hostilidad en aras de unas relaciones humanas más preocupadas por el bienestar de los otros. Deberíamos promover la cooperación en vez de la competencia, tanto en los regímenes gubernamentales como en las corporaciones privadas. Fomentar y generalizar el trabajo voluntario, hoy en manos de unos cuantos, que aprendieron esa lección de humanidad por cuenta propia, dedicados a aliviar víctimas de injusticias causadas por el hombre, las circunstancias y la naturaleza. Cada individuo debería ser más capaz de con-partir, con-sentir, con-padecer.

Nuestra civilización sufre de amnesia colectiva. La historia o las historias que conocemos las escribieron los vencedores. En ellas no hay recuentos de las atrocidades cometidas, ni del sufrimiento de los derrotados. El filósofo español Reyes Mate se ha dedicado a enfatizar la necesidad de conocer la historia de los pueblos vencidos, rescatar la memoria a la que se aferran los judíos y que causa tanta molestia a su alrededor. Recordar a la víctima -no porque despierta compasión- sino porque estimula a la responsabilidad. Hubo que esperar que se cumplieran los 500 años del Descubrimiento de América, que son también los 500 años de la expulsión tortura y muerte en la Hoguera de millares de judíos españoles, para que el rey de España admitiera la culpa de sus ancestros, y pidiera perdón público a los descendientes de las víctimas. Hace también muy pocos años que la Iglesia Católica reconoció su responsabilidad en la siembra injusta de odio y desconfianza hacia los judíos durante casi dos milenios. Los polacos y los cosacos aún no han aceptado la participación del campesinado polaco en la matanza, violación y tortura de cientos de miles de judíos polacos cuando Polonia fue invadida por aquéllos en 1648.

En cuanto al Holocausto, a pesar de que aún no han desaparecido todos los sobrevivientes, y de la existencia de miles de testimonios no sólo de ellos, sino de los estados que intervinieron en la Segunda Guerra Mundial, están los negadores del Holocausto, pseudo-intelectuales dedicados a forjar documentos para mostrar como falsas la mayoría de las aseveraciones históricas acerca de lo sucedido. Por supuesto que hay muchos dispuestos a creerles. Lo que parece increíble es lo que realmente sucedió. Es mucho más agradable y fácil creer que el hombre no es capaz de tanta maldad. También están los antisemitas que se justifican diciendo que si tanto daño se cometió, se lo deben haber merecido. La víctima siempre genera desconfianza. El odio visceral a los judíos que algunos grupos humanos comparten, y los intereses de los directamente involucrados en los crímenes o sus descendientes, los hace capaces de creer que la existencia de los campos de exterminio y la matanza de 6.000.000 de judíos europeos es una patraña que los judíos inventaron o, en el mejor de los casos, una gran exageración de lo ocurrido.

Esta es la situación en que vivimos. Llegó el momento de actuar.

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

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