miércoles, 9 de mayo de 2012

Presentación de la cinetertulia de la película “La vida es bella”, a cargo de Néstor Garrido



En 1997, el italiano Roberto Begnini, un cómico italiano, lanzó su séptima película como director. Tras una serie de títulos como Johnny Schetino, El monstruo o La noche sobre el planeta Tierra, Begnini mezcla un tema y un estilo para romper un mito: ¿se puede contar la historia del Holocausto mediante el humor? Así, en 1997, hace ya quince años, el público se quedó con la boca abierta con la película La vida es bella, que el Espacio Anna Frank les presenta hoy.

La idea no era nueva: otros autores casi simultáneamente ya la tenían en mente: Radu Mihaileanu con El tren de la vida (1998) y Peter Kassovits con Jacobo, el mentiroso (llamada Una señal de vida en español) de 1999, también hicieron lo mismo. ¿Es lícito que se cuente la peor tragedia de la Humanidad, con todo su dolor, por medio del humor? La vida es bella es una de las películas más polémicas de lo que pudiéramos llamar cinematografía de la Shoá. Es una película que no deja indiferente al que la ve: la odian quienes consideran que contribuye a la banalización de la tragedia; la aman quienes piensan que es un nuevo enfoque que les abre las puertas de este tema a muchas personas, que de otra manera, jamás se habrían enterado de la mayor desventura que cayó sobre el pueblo judío en Europa ni del peligro que representa el totalitarismo para la humanidad.

Veinte años atrás, la polémica se había abierto con la serie televisiva norteamericana Holocausto. Y en honor de la verdad, esa fue mi primera aproximación, como adolescente, al tema.

Soy de los que piensan que ningún acercamiento artístico, ni siquiera académico, deja de ser una simplificación, y por ende una banalización, de un hecho histórico tan complejo y tan difícil de entender para la humanidad como la Shoá. Incluso se habla que ni siquiera los testimonios de los sobrevivientes dejan de fragmentar la historia. Si partimos de este punto de vista entonces nada debería decirse para no desacralizar el silencio de los muertos. Pero, la ética nos obliga a hablar, porque si bien la Shoá pasó, lo que la generó aún está vigente. Por lo tanto, cualquier esfuerzo, incluso desde el humor, para que la gente se aperciba del peligro del fascismo.

La vida es bella no pretende sustituir la historiografía. Es apenas un canto al amor de un padre hacia un niño de cinco años que, de una vida tranquila en Italia, terminan ambos en un campo de concentración. La Shoá es el trasfondo de esta tragicomedia, que el Festival de Toronto considera una de las cien películas imprescindibles que toda persona tiene que ver.

Una pregunta importante que nos deja un filme como este es la siguiente: ¿cómo se le podía explicar a un niño lo que estaba pasando durante el Holocausto? Creo que Begnini nos ejemplifica lo que muchos hicieron en la vida real: ¿Acaso el doctor Janusz Korczak, el famoso pedagogo polaco, no simuló una excursión al campo cuando se vio obligado a irse con casi doscientos huérfanos a la muerte? En una situación en la que no escapatoria y en la que la desesperanza y la resignación contribuyen a que el victimario consiga su objetivo, la estrategia de supervivencia, no suya sino de su hijo, que adopta Güido es un canto a la vida, y de ahí creo que yo que el director, actor y escritor de este filme se fijó para titular su obra.

(05.05.12)

No hay comentarios:

Publicar un comentario