viernes, 30 de septiembre de 2011

Poesía en libertad

El humano que se te parece
©René Philombé 
(poeta nacido en Ngaoundéré, Camerún, 1930)



Llegué y llamé a tu puerta
Llegué y toqué tu corazón
con el fin de obtener un lecho para descansar
y un escaño al lado del buen fuego bienhechor
¿por qué me rechazas?
Ábreme, hermano mío!


¿Por qué preguntarme
a mi si soy de África
si me crié en América
si provengo de Asia
o si nací en Europa?
¡Ábreme, hermano mío!


¿Por qué preguntarme
por el largo de mi nariz
el espesor de mi boca
el colorido de mi piel
o el nombre de mis dioses?
Ábreme, hermano mío!


Ni soy color negro
ni soy pintura roja
ni pigmento amarillo
ni coloración blanca
sino sólo un hombre
Ábreme, hermano mío!


Ábreme tu puerta
descorre tu corazón
porque soy un hombre
el hombre de todos los nacimientos
el hombre de todos los firmamentos
¡Ese hombre que es tu semejanza!

jueves, 29 de septiembre de 2011

Poesía en libertad

Para la libertad
©Miguel Hernández


Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.
Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.
Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.


El clásico poema de Hernández en la voz de Joan Manuel Serrat: AQUI

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Poesía en libertad

Oh libertad preciosa
©Lope de Vega

Foto: David Seymour (Chim)


¡Oh libertad preciosa,
no comparada al oro
ni al bien mayor de la espaciosa tierra!
Más rica y más gozosa
que el precioso tesoro
que el mar del Sur entre su nácar cierra,
con armas, sangre y guerra,
con las vidas y famas,
conquistado en el mundo;
paz dulce, amor profundo,
que el mal apartas y a tu bien nos llamas,
en ti sola se anida
oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida.
Cuando de las humanas
tinieblas vi del cielo
la luz, principio de mis dulces días,
aquellas tres hermanas
que nuestro humano velo
tejiendo llevan por inciertas vías,
las duras penas mías
trocaron en la gloria
que en libertad poseo,
con siempre igual deseo,
donde verá por mi dichosa historia
quien más leyere en ella
que es dulce libertad lo menos della.
Yo, pues, señor exento,
de esta montaña y prado,
gozo la gloria y libertad que tengo.
Soberbio pensamiento
jamás ha derribado
la vida humilde y pobre que entretengo;
cuando a las manos vengo
con el muchacho ciego,
haciendo rostro embisto,
venzo, triunfo y resisto
la flecha, el arco, la ponzoña, el fuego,
y con libre albedrío
lloro el ajeno mal y canto el mío.
Cuando el aurora baña
con helado rocío
de aljófar celestial el monte y prado,
salgo de mi cabaña
riberas de este río,
a dar el nuevo pasto a mi ganado;
y cuando el sol dorado
muestra sus fuerzas graves,
al sueño el pecho inclino
debajo un sauce o pino,
oyendo el son de las parleras aves,
o ya gozando el aura
donde el perdido aliento se restaura.
Cuando la noche fría
con su estrellado manto
el claro día en su tiniebla encierra,
y suena en la espesura
el tenebroso canto
de los noturnos hijos de la tierra,
al pie de aquesta sierra
con rústicas palabras
mi ganadillo cuento;
y el corazón contento
del gobierno de ovejas y de cabras,
la temerosa cuenta
del cuidadoso rey me representa.
Aquí la verde pera
con la manzana hermosa
de gualda y roja sangre matizada,
y de color de cera
la cermeña olorosa
tengo, y la endrina de color morada;
aquí de la enramada
parra que al olmo enlaza,
melosas uvas cojo;
y en cantidad recojo,
al tiempo que las ramas desenlaza
el caluroso estío,
membrillos que coronan este río.
No me da discontento
el hábito costoso
que de lascivo el pecho noble inflama
es mi dulce sustento
del campo generoso
estas silvestres frutas que derrama;
mi regalada cama
de blandas pieles y hojas
que algún rey la envidiara;
y de ti, fuente clara,
que bullendo el arena y agua arrojas,
esos cristales puros,
sustentos pobres, pero bien seguros.
Estése el cortesano
procurando a su gusto
la blanda cama y el mejor sustento;
bese la ingrata mano
del poderoso injusto,
formando torres de esperanza al viento;
viva y muera sediento
por el honroso oficio,
y goce yo del suelo
al aire, al sol y al hielo,
ocupado en mi rústico ejercicio;
que más vale pobreza
en paz que en guerra mísera riqueza.
Ni temo al poderoso
ni al rico lisonjeo,
ni soy camaleón del que gobierna;
ni me tiene envidioso
la ambición y deseo
de ajena gloria ni de fama eterna.
Carne sabrosa y tierna,
vino aromatizado,
pan blanco de aquel día,
en prado, en fuente fría,
halla un pastor con hambre fatigado;
que el grande y el pequeño
somos iguales lo que dura el sueño.

martes, 27 de septiembre de 2011

Poesía en libertad

Ansias
©Beatriz Iriart


A los sobrevivientes

Te he soñado tanto
en estos días
de potaje y pan.
Te he soñado tanto
con la escarcha y la hambruna
con las cadenas lacerando los tobillos
con el terror
instalado en la barraca.
Te he soñado tanto
LIBERTAD.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Poesía en libertad

La extrañeza de existir
©Arturo Gutiérrez Plaza

Foto: Cartier-Bresson

Sé que estás allí porque eres el otro, el distinto, el que no soy yo. Tú sabes lo mismo, por lo mismo. Ambos compartimos, entonces, la conciencia de ser igualmente distintos: el espejo necesario que nos hace otros y nosotros, que nos muestra el rostro propio y ajeno en uno solo; ese que nace del obsequio de la coexistencia, de la maravillosa extrañeza de existir.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Coexistencia

El monstruo en el otro. 
Sensibilidad y coexistencia humana
©Emma León Vega

Foto de Robert Mapplethorp

El otro, el diferente, puede despertar miedo, zozobra o mera inquietud. Su aparición es sentida como amenazante, porque no encontramos en ella indicio alguno sobre nuestra propia singularidad: el Otro está ahí, ante uno, sin signos de un algo que indique la posibilidad de reflejarnos. Su presencia, sin embargo, es la gran confrontación de que existimos sin saber por qué somos lo que somos.

Fuente: Contraportada del libro El monstruo en el otro. Sensibilidad y coexistencia humana
de Emma León Vega (Madrid, Sequitur-CRIM/UNAM, 2011).

jueves, 22 de septiembre de 2011

Coexistencia

Coexistencia 
con la biodiversidad silvestre


Algunas formas especialmente prometedoras de reforzar la coexistencia entre la agricultura y la vida silvestre son estrategias a través de las cuales las poblaciones locales de agricultores se benefician directamente de la presencia de la vida silvestre en sus paisajes, como compartir de los ingresos del ecoturismo, la cosecha directa de productos silvestres, la ayuda pública con las medidas de control de la vida silvestre y el pago por servicios proporcionados por la biodiversidad (Kiss 1990).

Fragmento del cap. VIII del libro de Jeffrey A. McNeely y Sara J. Scherr,  
Ecoagricultura. Estrategias para alimentar al mundo y salvar la biodiversidad silvestre.
Texto completo: AQUI

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Coexistencia

La coexistencia del hombre
© Conferencia de D. Leonardo Polo
XXV Reuniones Filosóficas, Pamplona 1988


Claves de la coexistencia humana:
a) El hombre coexiste con el Absoluto en la forma de una búsqueda de aceptación personal. Es la forma suprema de reconocimiento: la ratificación del esse humano, libertad creada, por Quien es capaz de refrendar en lo más alto el donar humano que el hombre ha de refrendar. Pues si el hombre es capaz de sacar diez talentos de uno, Dios saca de esos diez un valor infinito al aceptarlos y lo otorga.
b) El hombre coexiste con el alter, precisamente por su mutua condición personal, en la forma de un perfeccionamiento común de la esencia humana y, en la Historia, en la forma de satisfacción de las necesidades propias y ajenas. Aunque la naturaleza humana es radicalmente hipostática en cada hombre, puede y debe ser perfeccionada en común.
c) En conexión con esta segunda dimensión de la coexistencia, aparece otra, cuyo sentido es en cierto modo más impropio pero no independiente: coexistir con el universo. En algún lugar he denominado al hombre como el perfeccionador que se perfecciona. Es perfeccionador del universo en dualidad. Este es el ámbito de la práxis técnico-productiva. Y es perfeccionante de sí también en dualidad, en coexistencia con sus semejantes: ámbito de la práxis ética.

Artículo completo en: http://www.leonardopolo.net/textos/coexis.htm

martes, 20 de septiembre de 2011

Coexistencia

Coexistencia e Intersubjetividad
©Alfredo Rodríguez Sedano
Universidad de Navarra


(…) es pertinente resaltar que "la coexistencia es la relación que cada persona mantiene con cada otra, no con la especie, sino con cada quien, para aportar y para recibir mejora personal. No se trata sólo de mantener un diálogo con los otros, sino de que el hombre es dialógico. No se trata sólo de que "el hombre es un ser social por naturaleza" (como dijeron los clásicos), ni de que "pertenece a su esencia vivir en sociedad" (como dicen los modernos), sino algo más profundo, a saber, que su ser es ser-con, o co-ser. Persona no significa aislamiento sino más bien -como mínimo-bi-persona; como libertad tampoco significa indeterminación sino apertura exhaustiva a quien pueda desarrollar, perfeccionar, a uno completamente como persona; y como existir personal no significa segregarse, sino co-existir". Esta segunda dimensión de la coexistencia viene marcada por la mutua condición personal y se encauza "en la forma de un perfeccionamiento común de la esencia humana y, en la Historia, en la forma de satisfacción de las necesidades propias y ajenas".

Artículo completo en:
Studia Poliana nº 3,
Facultad de Filosofía y Letras,

lunes, 19 de septiembre de 2011

Coexistencia

La convivencia como sangre
@Gisela Kosak

Foto: Indiana Caba / http://www.ohmagpie.com/

La convivencia en el tiempo que me ha tocado vivir no es una realidad cotidiana. En esta cotidianeidad reside una belleza secreta y modesta, la belleza de la CULTURA en el más hondo sentido del término. Cuando la convivencia es cultura, fluye con la naturalidad de la sangre en las venas y del acto de respirar, con la naturalidad que la Caracas de los años cincuenta aceptó a mi padre checo de religión incierta. Sorprende cómo aquella ciudad sede de un gobierno dictatorial, abrazada a la modernidad con la pasión de una adolescente contrariada por el orden paterno, acogía a la marea de inmigrantes de la segunda posguerra mundial. ¿Sería yo capaz de casarme con una persona que fuese mi adversaria política como se casó mi madre con aquel desconocido?
Cuando sea capaz de responder que sí, es que la convivencia otra vez se ha hecho sangre en nosotros.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Coexistencia

Nuestros seguidores en las redes
dicen sobre la coexistencia

Foto tomada del blog Homme D’El-Bass

©Estefanía Salazar
La franca maravilla ante la diversidad y el aprendizaje que da

©Maria Cristina Flores Mosquera
Para mi es existir en armonía con otras personas y con el medio ambiente que nos rodea.

©Hender Contreras
Tolerancia con Respeto!

©Marietta J. Diaz
#coexistencia es respeto al prójimo basado en el amor y la igualdad que da frutos y establece la armonia

©Maria Isabel Irusta
Como la palabra lo indica, existir al lado de los otros. Eso lo comprendemos desde lo cognocitivo, lo difícil es hacerlo con los valores, las ideas, las posturas de los otros cuando piensan diferente. Ese es el reto, a eso debemos aspirar y luchar.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Coexistencia

Coexistencias geográficas
© Lorena Bou Linhares


Para dejar el país de origen hace falta coraje, el mismo que necesitas después para no regresar. Cuando te mudas a otro país, desempolvas una nueva habitación, surcas otro paisaje, te adiestras en otra lengua, y a partir de entonces vives en más de un lugar. Mientras te amoldas a tu nueva vida, e incluso después, cuando crees que llevas las riendas, hilas fuerte, mirando atrás, como Ulises. Porque cuando se emigra, el aquí y el allá coexisten, sin tregua.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Coexistencia

Obra de Rene Magrite

La vida de los otros
© Sami Rozenbaum


La coexistencia es un ideal difícil de alcanzar, que va más allá de la simple “tolerancia” o “vecindad”. Se trata de aceptar gustosamente a los demás, asumir que la existencia y presencia de unos enriquece la vida de los otros, y que en conjunto podemos construir un mundo más pleno que sería imposible sin la diversidad.



Sólo la coexistencia
© Isaac Nahón Serfaty

La única posibilidad es la coexistencia. Las otras opciones son una serie de imposibles, todas terribles.

martes, 13 de septiembre de 2011

Coexistencia

Existir, coexistir, vivir, convivir
© Federica Palomero


Existir, coexistir, vivir, convivir. Palabras todas sinónimas y que llevan a otras que a su vez abarcan conceptos ahora centrales del pensamiento postmoderno: identidad y alteridad. Porque existir es siempre existir con el otro. Con la familia, los vecinos, los compañeros de clase, luego los del trabajo, con los amigos elegidos. Pero también con los extraños, los desconocidos, los que hablan otro lenguaje, que bailan otra música, que tienen otras costumbres. Nuestra época ha ampliado hacia dominios antes insospechados nuestra experiencia de la coexistencia, desde lo íntimo y familiar, desde la aldea en la que se nacía, vivía y moría, hasta el nomadismo voluntario o no, la hibridación de nuestras sociedades que nos acercan y también nos enfrentan a otredades-otras. Oportunidades para celebrar y, como dijo Lezama Lima, agradecer al extranjero el regalo de su diferencia. Pero también amenaza de verse cuestionado en sus certidumbres. Entonces el co-existir ya es –debería ser- sinónimo de escuchar, y de ser escuchado.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Coexistencia

El día que descubrí la xenofobia
© María Teresa Ogliastri



"El odio nunca es vencido por el odio, sino por el amor"
Mahatma Gandhi


Cuando tenía diez años, mi mayor felicidad era jugar con Blackie, un perro que me habían regalado para mi cumpleaños. Era un cocker spaniels negro como la noche. Poseía unos ojos vivaces con los que me hablaba. Blackie conocía todas las estratagemas para escaparse de la casa. Era imposible mantenerlo encerrado. Para entonces, yo estudiaba el cuarto grado en un colegio de monjas en donde tenía pocas amigas. Una tarde, al regresar del colegio, pensando en la rica merienda y el saludo eufórico de Blackie, para sorpresa mía, encontré una pinta en la pared de mi casa que decía: “Mueran los extranjeros”. Al leer esto, el estómago me dio un salto. De repente el día luminoso que me acompañaba de regreso al hogar, se nubló anunciando tormenta. ¿Qué teníamos nosotros que ver con eso? Busqué a mi mamá y le hice esa pregunta. Su semblante poseía la gravedad de quien resiste dignamente un oprobio. No lo negó. Me dijo que lo que estaba escrito en la pared, era verdad. Éramos extranjeros y los vecinos no nos querían. Entonce se quebró mi confianza básica. En ese momento, plenos años sesenta, en Venezuela, había problemas políticos con Colombia. Una campaña de difamación, que había lanzado una cadena de periódicos amarillistas, promovía el odio al país vecino. Lo peor de todo es que no había forma de remediarlo. Mi familia era colombiana.
Desde entonces, comprendí que ser extranjero es una de los estigmas más dolorosos del ser humano. Esta sensación de desgarramiento, que comenzó a invadirme, me reveló muchas cosas. Tomé conciencia de que era diferente a mi entorno y eso me hizo sentir más vulnerable. Pero eso no fue lo peor. Días después del graffiti, desapareció Blackie. Esa noche fue la más negra de mi espíritu. Un acceso de llanto me anunció el dolor. Lo busqué por todas partes. Nadie lo había visto. Recé. Todo indicaba que Blackie no volvería. Había una versión que parecía cierta. Es posible que, en sus correrías, Blackie hubiese intentado cruzar la autopista. Quería no pensar en eso, y conservar la fe de que en pocos días regresaría. Una semana después, al abrir la puerta de la casa para dirigirme al colegio, encontré en el suelo el collar de Blackie. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿En dónde estaba mi perro ahora? Nunca obtuve respuesta.
La reflexión que surgió en mí es que no podemos controlar el mal. Está ahí, y se presenta. Poco tiempo después, cayó en mis manos El Diario de Ana Frank. Lo leí con la convicción de que esa niña que escribía escondida sabía lo que era el odio contra todo un pueblo. Sin embargo, en ese libro, sus palabras no deseaban mal a nadie ni pedían venganza. A pesar de sufrir las consecuencias terribles del fanatismo, Ana escribió en su diario: “Sigo creyendo en la innata bondad del hombre”. Estas palabras fueron para mí un antídoto contra el resentimiento y el odio que se pudo anidar en mi corazón por el rechazo a mi familia y por la desaparición de Blackie. Ana Frank no dejó que el odio triunfara en su alma. Después de la lectura de este testimonio, comprendí que el odio no se puede combatir con odio. Tuve que aceptar que el dolor por la pérdida de Blackie era una oportunidad para aprender que, aunque el mal se presente, tenemos que encontrar la manera de salvar lo mejor de nuestra humanidad.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Coexistencia

Coexistencia, convivencia
© Kira Kariakin de Ayala

Imagen de la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide

Si uno busca en el diccionario la palabra convivir, sencillamente dice vivir en compañía de otro u otros. Pero cuando uno busca compañía se habla del efecto de acompañar, última palabra con múltiples definiciones entre las cuales destaco: estar o ir en compañía de otra u otras personas; juntar o agregar algo a otra cosa; existir junto a otra o simultáneamente con ella; participar en los sentimientos de alguien. Con-vivencia implica no sólo compartir vida, sino ganar experiencia, memorias, conocimiento. Es una adición, no una resta.
La palabra convivencia insinúa que hay vida en común. Vida en común es quizás la frase más trivial y desvalorizada que existe. Vivimos compartiendo la mayor riqueza que es la vida, cuando con-vivimos. Cómo desaprovechar tamaña oportunidad para agregar a la experiencia, al conocimiento. Y es muy fácil, basta con no con-vivir. Con sólo tolerar, un respeto sin comprensión, un soportar, paciencia con el otro. Convivencia sugiere aceptación más que tolerancia. Sugiere apertura a posibilidades. Tolerar es tan sólo mirar de lejos, sin compartir vida.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Coexistencia

De las formas enrevesadas 
de la coexistencia
© Liliana Lara



Quique Kierszenbaun es un fotógrafo uruguayo que suele fotografiar imágenes del conflicto israelí-palestino para diversos medios periodísticos, pero que un día decidió tomar fotos también en la escuela a la que asiste su hijo. Se trata de una escuela bilingüe de Jerusalén en la que la mitad de los estudiantes y maestros son árabes y la otra mitad judíos. Las imágenes tomadas por su cámara muestran parejas de niños o de adultos pertenecientes a ambos grupos y la única condición para tomar la foto fue que dicha pareja estuviese unida por un lazo de amistad verdadero. Las imágenes hablan por sí solas y pueden ser vistas AQUI. Esta escuela es –lamentablemente- una pequeña gota en el océano, tal como lo explica el fotógrafo. Llegué a esta página mientras escribía un artículo que me requirieron sobre mi visión como venezolana en relación a la convivencia en Israel. A pesar de escuelas bilingües y todo tipo de proyectos para fomentar la convivencia, pienso que hay murallas infranqueables. Sobre estas murallas giró el artículo que escribí en ese entonces y que puede ser leído AQUI.
Sin embargo, hoy creo que a veces la coexistencia asume formas enrevesadas. Hay voces que se hablan a través de esas murallas, voces que se necesitan, se entretejen, se reclaman, aunque esto no tenga que ver con la paz, la igualdad y toda una lista de valores positivos. Tal vez sólo tenga que ver con la vida. Una de esas voces es la de una señora palestina de origen peruano que suele llamar por teléfono desde Belén –que está situado en la autoridad Palestina- a una fábrica de gasa y demás productos hospitalarios ubicada en un pueblo de Israel que continuamente está asediado por cohetes qassam lanzados desde Gaza. Cuando la encargada de ventas se enteró de que la señora también habla español, se la pasó a mi marido, que nada tiene que ver con ventas en esa fábrica, pero que es argentino y, por tanto, comparte lengua con la compradora. La señora peruana-palestina llama desde Belén para encargar apósitos de gasa, vendas y demás. Al margen de las transacciones comerciales suelen conversar amenamente. Compartir lenguas maternas es como compartir un secreto, un origen, una historia común. Muchas veces, mientras hablan por teléfono, suena la alarma que anuncia que un cohete ha sido lanzado desde Gaza, que hay que correr hasta un refugio. Entonces mi esposo le dice que debe cortar porque está sonando la alarma y se despiden, con un poco de vergüenza. Muchas veces la gasa que llega a Belén termina en un hospital palestino y es usada para detener hemorragias causadas por ataques israelíes.
A mí me encantaría tomar fotos de historias como ésa, de esas formas enrevesadas de la coexistencia, de esas voces que se cuelan entre las ranuras de las murallas.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Coexistencia

Coexistencia, creo
© Norberto José Olivar


Creo que la pura palabra "coexistencia" ya va haciendo daño, las partes deben reconocerse pese a su soberbia y siempre queda un ambiente enrarecido e inestable que delata el aplazamiento de males mayores. Si no entendemos que es el otro quien afirma y confirma nuestra existencia, no veremos la magnitud de su significado. Sin la presencia del otro somos invisibles, en la menor de las calamidades; sin el otro, nuestro accionar pierde sentido y también desaparece. Comoquiera, creo que debemos hablar de Existencia y no de Coexistencia. Sin el otro el mundo no sería real, el otro, como en la física, es la luz que permite ver todo lo que nos rodea. En realidad no somos nosotros, somos los otros. Eso es lo que creo.



Más allá de nuestras afinidades
©Ana Teresa Torres

En tanto estamos destinados a vivir con los que nos gustan y los que nos disgustan lo mas conveniente para todos es aprender a respetarnos y saber exigir respeto mas allá de nuestras afinidades. 

martes, 6 de septiembre de 2011

Coexistencia

La gracia de una larga convivencia
© Elisa Lerner

Plaza La Concordia, en Caracas

Sé que durante mi infancia las cosas en el mundo no parecían marchar demasiado bien. Había alguien en Alemania cuyos discursos malsonantes, los espumarajos que parecían salir de su voz pretendieron acallar la respiración del planeta. En el bello hogar, desde la radio donde escuchaba los foxtrots que me trajeron tempranas felicidades neoyorkinas, mis padres se inquietaban cuando oían esa voz diabólica de enorme verdugo. Entonces, porque alguno de ellos estaba cerca se encargaba de apagar la radio. Constituíamos una familia pequeña, afectuosa y disciplinada. En suma, sin querer ser pretenciosa, allí asomaba un primer primor de coexistencia. Y, nunca me sentí distinta porque tenía que mirar los mapas, los mares, los océanos, las ciudades para adivinar dónde podrían estar mis abuelos, tíos o primos. Tampoco porque, aunque cursaba en una escuela laica de la parroquia Santa Teresa no rezaba el Credo católico antes del comienzo de las clases o no estuviera apuntada a clases de catecismo. Fui, igualmente, querida por mis maestras y estimadas por mis condiscípulas.
Nadie me preguntó porque yo era tan blanquita, no era la única, aunque hubo más de una niña de asombrosos ojos verdes y un poco matizada la piel por la compleja riqueza de nuestro mestizaje.
Sin que mediara la familia, a la primera fiesta que asistí en mi infancia fue a una modesta, pero encantadora, a la que me invitó una chica muy criolla y vivaz que había compartido conmigo no solo el pupitre en el quinto grado sino su relato, hecho con mucho coraje, de la travesía del padre hasta Baltimore para operarse de alguna ardua enfermedad. Otra de mis amigas de infancia, una de las primeras con las que fui a una función de matinée, vivía muy mimada en la esquina de Hospital hija de un padre griego comerciante en finas telas y de una amorosísima madre árabe. Lo que contaba era una de esas raras afinidades que pueden darse en la infancia.
En la nueva y moderna prensa del país los intelectuales apostaban por el triunfo de las fuerzas aliadas. Era un tiempo de mucha esperanza para el país. Pocos años atrás Venezuela había podido zafarse de una férrea dictadura. En los espesos bigotes del General Gómez, durante la bicoca de veintisiete años, había quedado atrapada la felicidad del país.
Se construyó la plaza de la Concordia, un homenaje a la coexistencia, en el lugar donde había estado la tenebrosa cárcel de La Rotunda. Una plaza llena de luz, con una hermosa rotunda, a medio camino entre la calle de mi escuela federal y la de mi casa paterna. En esa ciudad clemente que permitía un asomo de leve rebeldía a una niña del año 1945, alguna vez a la salida de clases, corretée, jugué en medio de esa plaza casi infinita que creyó darle al país la gracia de una larga convivencia.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Coexistencia

Sobre la coexistencia ciudadana
© Ana Nuño


Queda muy bien, siempre, hablar de coexistencia; pero a poco de pronunciar esta palabra, y si somos honestos, habremos de explicar qué queremos decir. Porque lo cierto es que “coexistencia” es una de tantas palabras convertidas por su pertinaz abuso en boca de políticos en una especie de agujero negro semántico. Tan generoso y abarcador, que una de las fases de la larga Guerra Fría recibió el nombre –acuñado por Nikita Jrushchov– de “coexistencia pacífica”. Que o es una redundancia o bien apunta a una aporía: que hay “coexistencias belicosas”. Fácilmente se sospecha, por eso, que detrás de “coexistencia” anidan conceptos que quien blande esta palabra prefiere pasar en silencio. Porque si a ver vamos, la “coexistencia” no es otra cosa que la obligación en la que todos estamos de vivir con nuestros congéneres, quizá con la única y ficticia salvedad de Robinson Crusoe (quien además, gracias a Viernes, ni siquiera se libra enteramente de ella). Es preferible, por ello, no rendirle mucho culto retórico, y en todo caso, si de “coexistencia” hay que hablar, decir con la mayor claridad que las hay de muchos tipos, que no todas son deseables, y explicar en qué consiste la que sí nos lo parece. Entonces, sin duda pasaremos a hablar de “derechos” y “libertades” y de “tolerancia” y “respeto”, que son consustanciales a un determinado tipo de coexistencia: la “coexistencia ciudadana” en democracia. La única, por cierto, que se me antoja a la vez comprensible y deseable.
 

viernes, 2 de septiembre de 2011

Septiembre, Mes de la coexistencia

Decálogo de la coexistencia
© Marianne Kohn Beker


Afiche ganador del Salon de la Coexistencia 2010
Carolina Lara Díaz

1) Aprende a ponerte en el zapato del otro, para poder consentir, convivir y compartir con él y –de esta manera- comprometer tu tiempo y disposición para irle al encuentro y ayudarlo a sobreponerse de sus dificultades.

2) Aprende a respetar las costumbres y tradiciones diferentes de las tuyas, que no atenten contra la dignidad y la libertad de cada ser humano, que son las bases fundamentales de la coexistencia, para que la convivencia con los demás sea armoniosa y la fusión de las diferencias contribuya al enriquecimiento espiritual y cultural recíprocos.

3) Aprende a aceptar la pluralidad y la diversidad, para que el mundo sea más justo y los seres humanos seamos más solidarios en congregar y conformar una comunidad fraterna colaboradora, comprensiva y responsable para alcanzar el mayor bienestar posible, especialmente el de aquéllos que han sido golpeados por el infortunio.

4) Aprende que la cohesión es la conciencia del poder de la unión, y que la coincidencia de anhelos y necesidades comunes son la clave de una sociedad sana que valora la paz, la cual –a su vez- permite construir futuro para las próximas generaciones.

5) Aprende que una colectividad confederada para luchar por la justicia y la inclusión se conmueve y reconforta a quienes necesitan ayuda por cualesquiera que sean las circunstancias.

6) Aprende que la coexistencia exige comunicar y comunicarse por todos los medios físicos y virtuales a nuestra disposición. El diálogo, el coloquio la conversación y la misiva cordiales son las mejores armas para la solución de conflictos y problemas.

7) Aprende a compadecerte, condolerte y apoyar a quienes en momentos difíciles necesitan saber que no están solos, y cuentan con el respaldo, la colaboración y el compañerismo de sus semejantes.

8) Aprende a contentarte, felicitarte por los logros de otros. De ellos depende que haya más progreso y mayor bienestar.

9) Aprende a compartir lo que a ti te sobra y a tu congénere le falta, sea material, emocional o espiritualmente. Y aprende a confiar en tus semejantes para que ellos también confíen en ti-

10) Trata de esparcir estos preceptos por el mundo entero: en el hogar, el colegio, el trabajo y en las asociaciones públicas y privadas, y transmítelos de generación en generación para asegurar que la vida humana continuará, mejorará y se afianzará con el paso de los años gracias al aporte común y continuado de todos.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Septiembre, Mes de la coexistencia

Herramientas 
para promover la coexistencia

Afiche ganador del Salon de la Coexistencia 2011
De Yessica Silvio Batista y Domingo Villalba

El Espacio Anna Frank dedica todo el mes de septiembre a definir y promover la coexistencia. Diversas actividades se realizarán y en este recodo ciebrnético aportaremos algunas reflexiones que, a partir del próximo lunes, contará con grandes firmas. Lo que sigue son propuestas del Espacio Anna Frank para hacer del mundo un lugar mejor para vivir

1. Conoce los asuntos que nos dividen. Por ejemplo, la desigualdad económica, diferencias de sexo u orientación sexual, las nacionalidades, religiones o razas, las diferencias ideológicas.

2. La tolerancia es una decisión personal. Examina tus propios prejuicios y trabaja para superarlos.

3. Haz algo respecto a los demás también. Frente a los estereotipos, el prejuicio y la discriminación, la indiferencia se interpreta como aceptación, tanto por parte de quienes los practican como por la de los que los observan e ignoran y, peor aún, por parte de las víctimas.

4. Subraya la importancia de la diversidad y la armonía en tu comunidad. Apoya y participa en eventos que promuevan estos valores.

5. Organízate para informar, actuar, denunciar y ayudar. Reúne a tu grupo de aliados: iglesias, escuelas clubes y otros centros cívicos. Incluye a los niños, a la policía, a los medios de comunicación. Involucra a todos.

6. Apoya a las víctimas. Las víctimas son especialmente vulnerables. Hazles saber que ellos te importan. Si la víctima eres tú, no calles, denuncia y busca ayuda.

7. No asistas a manifestaciones de odio. Encuentra otra salida para la furia, la frustración y la incomprensión.

8. Habla claro. El odio se debe exponer y denunciar. Solicita a las agencias noticiosas equilibrio y profundidad. No debatas con promotores de odio a través de los medios.

9. La persuasión es un arma efectiva. Trata de persuadir a dirigentes políticos, comunitarios y empresariales de asumir una posición frente al prejuicio, la discriminación y la intolerancia.

10. Enseña la tolerancia. Los prejuicios se aprenden usualmente en el hogar. Pero los niños de diversas culturas pueden ser influenciados por programas escolares y complementarios que incluyan educación en valores. Debes estar siempre atento a los grupos promotores de odio y violencia.