jueves, 10 de noviembre de 2011

Adiós a Isaac Chocrón

Chocrón: Volví a escribir 
porque no tolero 
la indiferencia ante la tragedia de Vargas
© Sergio Dahbar



En 2002, Sergio Dahbar entrevistó a Isaac Chocrón, a propósito de Pronombres personales, obra publicada por El Nacional. La conversación sirvió para reflexionar sobre el país, sobre las lluvias que desolaron a Vargas y sobre el atroz silencio que vino después de la tormenta.

Isaac Chocrón no termina de creer la noticia aún, a pesar de que ha visto los 20 capítulos de su novela diseñados en forma de páginas de periódico, tal cual como aparecerán a lo largo de 20 días de agosto. Una aventura ciertamente mágica que no tiene precedentes en años recientes y que, sin duda, remite al decimonónico folletín, aquella comercialización de la literatura en forma de periodismo que le otorgó buenas monedas, entre otros, al empecinado Alejandro Dumas.
El arte de la repetición, que fue otra de las metáforas del folletín en el siglo XIX, invocaba una y otra vez un memorial de reivindicaciones que volvían locos a los suscriptores de aquella época: un héroe siempre era despojado de sus bienes y condenado de una manera injusta. La actuación del héroe se ponía en marcha, ya que las víctimas requerían su ayuda. Ese personaje emblemático juega y es jugado. Se producen duelos, caídas, y no pocas fugas en horas impropias.
En esa sucesión de acontecimientos trágicos y desesperados, aparecen motivos recurrentes: la madre traidora, las ayudas mágicas, las pruebas de identidad, el héroe oculto en un árbol, el testigo invisible, la princesa cautiva y los compañeros solidarios. La literatura encuentra un canal, unos lectores y una velocidad (la aventura como punto de fuga), y ya nada vuelve a ser como era antes.
Isaac Chocrón ha escrito una novela, la séptima, Pronombres personales, que establece vasos comunicantes con todas las argucias del género masivo que conmovió a los lectores del siglo XIX. La escribió en dos años y medio, siempre de nueve de la mañana a una de la tarde, con un reloj absolutamente inglés que marcaba los tiempos de la creación. Cuando la inspiración huía de repente, abandonaba la computadora, y empezaba a escribir a mano. O caminaba por un balcón sin una silla donde sentarse. Para moverse sin distracciones, hasta que las palabras volvieran a su sitio.

Al borde de la escritura
-¿Cómo empezó todo?
-La tragedia de Vargas cumple tres años en diciembre y a mí me afectó muchísimo. Recuerdo que veíamos esos horrores en la televisión, y ciertos amigos me dicen que habían visto el edificio en donde tengo un apartamento, un poquito más acá de Las 15 Letras, yendo hacia Tanaguarena. Y me decían, Isaac, a tu edificio no le pasó nada. Entonces, por supuesto, no había teléfono, y como a los cuatro o cinco días, cuando ya se podía transitar, decidí bajar para ver qué había pasado. El edificio estaba perfecto porque se encuentra en la bajada del teleférico. Por ahí no hubo ningún problema. Los conserjes habían conseguidos unos primos y hacían guardias de día y de noche para que no entraran los saqueadores.

-¿La tragedia te conmovió al punto de empujarte a escribir?

-En esos días salió toda la información de la ayuda internacional. El Gobierno rechazó la oferta de que vinieran los americanos. Mientras tanto yo seguía bajando para pagar y resolver problemas caseros, y veía que no pasaba nada. No podía creer que todo estaba igual. Todo está igualito. -La novela nace de una frustración. -Se me ocurrió escribir sobre una persona que vivía allí y cómo le había cambiado su vida, pero no sé si a ti te pasó que una de las cosas que más me encanta es que terminas el primer capítulo y no sabes quién es esta persona, porque puede ser un hombre o una mujer, alguien que trabajó en la petrolera y que le encantan las canciones americanas.

-Una persona a la que la tragedia de Vargas le cambió radicalmente la vida, alguien al que el país también se le fue de las manos.
-Por eso la primera parte se llama "Al borde", porque en ese momento sentimos que estábamos al borde de algo terrible, pero no sabíamos qué, y luego la segunda parte se llama "Desterrados", porque pareciera que perdimos la patria o la tierra.

-Después de leer la novela se siente desolación por un país arrasado.

-Aunque al final se levanta, porque la protagonista que cierra el capítulo 20 es la misma del primero. Pero no quiero hablar demasiado porque le quito el secreto.

Diecinueve voces en una

-La primera persona le otorga un carácter confesional muy contundente.
-Siempre pensé que lo importante no es tener un apellido sino ser un pronombre, pero al mismo tiempo se me ocurrió que todos debían hablar en primera persona. Un amigo que la leyó, me dijo que ésta es una novela interactiva porque el lector tiene que participar tanto como el escritor al escribirla.

-¿No fue un reto escribir en primera persona con tantos personajes disímiles?

-Era difícil pero yo me desdoblaba.

-Cabía la posibilidad de convertir la narración en un trabajo muy plano.
-A mí me aterraba esa estructura, pero precisamente como me aterraba decidí hacerlo, y entre capítulo y capítulo, a veces pasaba una semana o algo para desembarazarme del anterior. Hay personajes que son reales, por ejemplo, Pedro Luis Hermoso, el viejo de Nueva York, tiene 96 años y está vivo y yo le dije: "Pedro Luis, tú me dejas que yo te ponga en mi novela porque es como un homenaje a ti", y me dijo que sí y el que aparece ahí es el mismo del capítulo donde ocurre el atentado a las torres gemelas.

-Impresiona mucho que se lee como estar oyendo a alguien que cuenta una historia, y tiene esa fluidez y ese atractivo de una persona cercana que se sienta en una casa y se pone a hablar y te va contando toda una red de historias que se comunican entre sí.
-El libro no tiene un narrador, ni son narradores. Todos son personajes, como dice uno de ellos: "No somos aquí personas, sino personajes".

-Tal vez esa amenidad desde la que hablan los personajes ayuda a que cuando empiezas a leer no puedes soltarla hasta el final.

-El miércoles ya van a estar atrapados los lectores, porque el lunes leerán el primer capítulo neutro (y por favor no podemos decir nada porque metemos la pata en el primer capítulo). Pero en cuanto el martes lean el segundo capítulo en donde el personaje empieza a decir "tú no vas a creer todas estas pendejadas que yo te he dicho y eso", ahí ya los agarras. Pero con el tercer capítulo, que es el del hijo de éste, ya la gente está agarrada a la historia.

-La sucesión de voces por momentos resulta abrumadora.

-Hay 19 narradores.

-La historia real de todos los días entra en la novela y se convierte en otro de sus protagonistas.
-Traté de resumir todo lo que nos está pasando hoy en día.

Destino de fe
-Todas tus novelas se han vendido como grandes éxitos. Eso te convierte en un escritor atípico en nuestro medio literario, posees un nivel de comunicación con los lectores que es extraordinario. -Igual con los espectadores. Hace años me di cuenta que yo tenía un público.

-¿Cuándo te diste cuenta que tenías un público?
-Probablemente cuando se estrenó Clipper, en 1983. Antes no, antes había tenido enormes éxitos, se había producido mi independencia, porque estudio economía y trabajo 11 años como economista en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en la Corporación Venezolana de Fomento y el último año de Raúl Leoni, fui jefe de gabinete del ministro de Hacienda, que era Francisco Mendoza. Pero ese último año se estrena OK en el Alberto de Paz y duró seis meses y medio en escena, y en esos seis meses y medio entraron y salieron por aquí diferentes personas de Argentina y se llevaron la obra, y después la montaron y duró un año en Buenos Aires, año y medio. Después, Víctor Andrés Catena pasó por aquí y se la llevó y la montó en Madrid con Ana Mariscal y Pepe Sancho, y duró dos años y medio en cartelera. Cuando gana Rafael Caldera y nombra a Pedro Tinoco ministro de Hacienda, el doctor Mendoza me dice: "El doctor Tinoco quiere que te quedes con él", y yo le dije: "No me quedo porque usted sabe muy bien que en estos últimos seis meses, yo recibo de 3.000 a 3.500 dólares mensuales por derechos de autor". Y te estoy hablando del precio de aquella época. Yo ya no quería estar en la administración pública.

-Eran excelentes ingresos para un escritor.

-De diferentes partes, porque es que se estaba montando en Buenos Aires, en Montevideo, en Río, en México, en Estados Unidos, en Puerto Rico, en España, en Alemania, que la hizo María Schell y ya más nunca trabajé con el gobierno.

-No hacía falta ya trabajar para el gobierno.
-Porque combinaba mis derechos de autor con lo que mi papá me dejó y podía vivir bien. Después entré a la universidad y tenía mi sueldo de profesor.

-Ya no te hizo falta la economía.
-Más nunca fui economista. Pero creo que uno de los secretos de que a mí me fue tan bien con la Compañía Nacional de Teatro y luego con el Teatro Teresa Carreño, fue precisamente porque yo sé sacar cuentas. Pero yo pienso, hablando de eso, de las empresas que he manejado, que me siento muy contento de haberlo hecho, porque yo he respondido, he cumplido con mi responsabilidad cívica. Todos tenemos una responsabilidad cívica. Como también creo que todos tenemos un destino y que las cosas que a mí me han pasado han sido por mi destino, pero ha sido también porque he empujado mi destino.

-Podrías haber tenido otro destino.
-Mi fe en mi escritura es mi razón de ser. Ha sido tan constante que por eso ha sido posible todo lo que ha sucedido, y entonces todo esto que ahora empieza el lunes, y no solamente esto, sino luego lo de las siete novelas. Yo me acordaba el otro día y tú deberías llamar esta entrevista Segundo Debut, porque tú te acuerdas que hubo una crema que estuvo muy de moda hace como 20 años que se la echaban hombres y mujeres, que se llamaba Segundo Debut y que te quitaba todas las arrugas y te ponía bello. Después de haber alcanzado todo lo que he alcanzado en el teatro y todo, ahora tengo un segundo debut.

-Nunca se te ocurrió, cuando escribías Pronombres personales, que se publicaría como folletín. 

-No. Y cuando me pregunten por qué salió de esta manera, yo diré que esa pregunta deben hacerla en El Nacional. Yo no la puedo contestar. Pero puedo decir que me encantó la idea, porque tú sabes que soy gran admirador de Bashevis Singer, quien hizo su carrera publicando novelas por entregas en Nueva York. Nunca lo leí en el periódico, porque escribía en idish. Yo estuve en Columbia y siempre iba a una cafetería que queda en la 74, en Broadway, en donde yo veía a Bashevis Singer, porque tenía una peña. Lo vi muchas veces con Vicente Nebreda. Y a mí parecía tan divertido que él publicara sus novelas por entrega. Confieso que nunca imaginé que El Nacional iba a aceptar esta idea. Y aquí estamos.

-Comenzaste a escribir esta novela cuando ocurrió la tragedia de Vargas. No te sorprende que a casi tres años después no se haya hecho nada.
-No hay derecho. Escribí Pronombres personales porque no tolero la indiferencia ante la tragedia de Vargas. Como tampoco es posible que hayan culpado al Avila. El Avila no es el culpable de lo que pasó en Vargas. Los culpables son los urbanizadores de todas esas urbanizaciones: Los Corales, Carmen de Uria, que embaularon las quebradas y encima construyeron, esos son los criminales. Es que nosotros nos merecemos estar pagando nuestras culpas, todos fuimos indiferentes y por eso tenemos que pagar, y pagar para que se nos perdonen y para que cambiemos. Ser venezolano no es haber nacido en Venezuela, ser venezolano es asumir tu venezolanidad y por eso los extranjeros han hecho más que los venezolanos, la gran emigración de los años 50, luego la emigración de Sudamérica.

-Después de oírte uno puede concluir que el futuro es muy negro.
-Cuando una sociedad está al borde del precipicio es que no se ha dado cuenta que muy atrás, en la pradera, ha empezado aparecer la hierba. Somos 24 millones y yo apostaría que hay 21 millones que son probos, que son honestos, que no son delincuentes, que tienen principios éticos, que tienen creencia, y que saben que tienen identidad. Entonces te quedan afuera tres millones, esos tres millones verán qué hacen, porque tarde o temprano este país será dominado por los otros 21.

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