martes, 8 de noviembre de 2011

Adiós a Isaac Chocrón

Isaac Chocrón: el ecuménico 
que alimenta a los pájaros
@Jacqueline Goldberg

Foto: José Esparragoza

Esta entrevista fue realizada para el Nuevo Mundo Israelita cuando Chocrón cumplía 70 años de edad y sus capacidades creadoras estaban en su máximo potencial.
Chocrón (Maracay, 25 de septiembre de 1930), Premio Nacional de Teatro, 1979, es considerado junto a José Ignacio Cabrujas y Román Chalbaud, como uno de los autores fundamentales del teatro venezolano. Economista, de profesión, dirigió El Nuevo Grupo, la Compañía Nacional de Teatro y el Teatro Teresa Carreño.
Entre sus obras teatrales, podemos citar El quinto infierno (1961), Animales feroces (1963), Asia y el Lejano Oriente (1966), Tric Trac (1967), O.K. (1969), La revolución (1971), La máxima felicidad (1975), Mesopotamia (1980), Simón (1983), Clipper (1967), Solimán el magnífico (1991), Tap Dance y Los navegaos (2006).

 Su primera novela, Pasaje, la escribió en 1956. Entre sus novelas más conocidas se encuentran 50 vacas gordas (1980) y Pronombres personales.


Esta tarde de octubre Isaac Chocrón está feliz. Se le nota. Y todo por que su rito cotidiano se ha cumplido a cabalidad. Despertó temprano y estuvo sumergido en la escritura de su nueva novela entre las 9 am y la 1pm. Parece, sencillamente, un hombre bienaventurado: las palabras han acudido a su llamado con implacable tersura, con la misma constancia salvadora que lo acompaña desde que fraguara, en los años 50, una de las páginas más vitales del teatro venezolano contemporáneo.
Sin embargo, esa aventura de filigrana deberá sostener una pausa en estos días. El homenaje que le rinde la UCV, entrevistas periodísticas por doquier y los trajines de hombre público que celebra por lo alto medio siglo en las lides de la creación y 70 años en las de la vida, postergarán los fogajes de su pasión: “No importa, pues, a diferencia del teatro, la novela es un largo viaje que tiene paciencia, es como ir y venir de aquí a Tierra Santa en carro”, explica.
Pues decíamos que Chocrón está feliz. Se le nota. Y todo porque ha escrito enmantillado, Incluso su habitual festín de alimentar a cientos de pájaros venidos de las cumbres de El Avila, ha ocurrido como desde hace mucho. “Diez kilos de alpiste cada tres meses y cinco kilos diarios de cambur se compran en esta casa sólo para alimentar a esos pájaros que tienen la terraza por comedor popular. El señor Isaac desayuna con un montón de loros a su alrededor”, reporta Sara, la Gran Sara que desde hace 35 años alivia los atajos domésticos del dramaturgo.
Mientras Sara recala en los detalles de las orquídeas y las granadas que pueblan la personal floresta de Chocrón, el escritor echa un pícaro vistazo al edificio vecino —“esa mujer se la pasa todo el día viendo televisión”— dando cuenta de una curiosidad deliciosamente deslenguada que bien conocen sus lectores y espectadores.
Nada más fácil para Isaac Chocrón que el diálogo, real o imaginario, a solas o en compañía. Nada más fácil para quienes lo admiramos que escucharlo.
–¿Alguna vez imaginó cómo sería a los 70 años?
—Nunca. Uno nunca se imagina cómo será a ninguna edad. Uno se acostumbra a los años que va teniendo. La maravilla de vivir es que es un enigma. Lo que siempre supe es que escribiría, tal como lo hago desde niño, aunque estudié economía por complacer a papá.
–¿Ha sucumbido en estos días a la tentación de hacer un balance de su vida?
—No he tenido que hacerlo hasta ahora. No tengo tiempo para eso. Desde hace varios meses escribo una novela y al principio me costó mucho trabajo, pero ya está agarrando cuerpo. Estoy tan encantado con ella que trato de que el homenaje que ha aparecido en mi vida pública no interfiera mucho en mi escritura.
–¿Y de qué va la novela?
—No me gusta hablar de lo que escribo. Como hombre de teatro soy supersticioso. Además, me parece que con el habla la escritura se va.
–¿Escribir como sangre de cada día?
—Cada día escribir es más difícil, pero como es lo que más me gusta, no me queda otro remedio que hacerlo.
–¿Tiene miedo a la página en blanco?
—La verdad es que como nunca me ha pasado (toca madera, por si acaso), no sé lo que es eso. Antes, cuando podía tenerle un cierto temor a la susodicha página en blanco, le escribía cartas a mis amigos. La escritura es una ejercitación. Yo tengo que escribir todos los días aunque sea un poco para no trancarme. Me he acostumbrado tanto a eso que si no escribo el resto del día, me siento mal. Y si escribo, como hoy, el resto del día es glorioso. Eso se me nota.
–¿Y si le va mal?
—Empiezo a darme cabezazos.
–En uno de sus libros usted habla de…
—Ay, la verdad es que no sé de lo que me vas a hablar. Yo, a diferencia de otros escritores, jamás me releo. Me muero de la risa cuando quienes realizan tesis sobre mí me empiezan a hacer preguntas y yo tengo que decirles “cuéntame de qué trata”. Yo no me acuerdo. Nunca me releo porque cuando alguna vez lo hice con Pájaro de mar por tierra , no pude pasar de la primera página, ya no me gustaba. Escribir no es escribir. Escribir es corregir. Me gusta recordar que Borges decía que él escribía borradores. Y uno no sólo escribe frente al computador, a solas. Uno escribe también cuando no escribe, cuando anda en la calle, en el tráfico.
–Permítame recordarle lo que decía el libro. Se trataba de una carta dirigida a un tal señor Benchetrit.
—¿Y quién es el señor Benchetrit?
–Un amigo de su papá.
—Ajá… de mi papá no, del papá del personaje.
–…Y le cuenta todo sobre su Bar Mitzvá. ¿Hay algo de biografía en ello?
—No me acuerdo, pero seguramente, porque yo soy muy autobiográfico escribiendo.
–No creemos que no recuerde haber hablado de sus propios recuerdos.
—Una cosa es la memoria y otra la memoria convertida en descripción, de modo que si lo escribí como un fragmento autobiográfico, al haberlo escrito ya no pienso más en ello.
–¿Qué hay de judío en su obra?
—Si vemos la totalidad de mi trabajo, no hay mucho. En las novelas, aparte de Rómpase en caso de incendio, no hay nada que trate sobre eso. Y en el teatro hay cosas en la Trilogía. También está oblicuamente en Solimán el magnífico y en Escrito y sellado.
–¿Y los signos atávicos del discurso judío: el destierro, el exilio, etc.?
—Hay que recordar que nací en Maracay en un familia judía de tradiciones, pero eso era otro país y otra comunidad, al punto de que fui al colegio de monjas a aprender mis primeras letras. Todavía recuerdo el Padrenuestro y el Ave María. La religión judía era fundamentalmente hogareña y basada en la mesa. Sólo se celebraban en Maracay las grandes fiestas, para las que llevaban un Sefer Torá desde Caracas. Luego, cuando nos mudamos a Caracas, iba con mi papá a la sinagoga de El Conde. Hice mi Bar Mitzvá allí… Recuerdo que leí la Torá y luego mi discurso en hebreo y en español con voz vibrante…
–Pero eso es lo mismo que dice el texto que antes le mencionaba…
—Quizá. Mi papá siempre recordaba que ese día leí tan bien, que el presidente de la sinagoga y otra gente sugirieron que yo podría ser el primer rabino nacido en Venezuela. Creo que a papá no le gustó mucho la idea.
–¿Dónde estaba entonces apuntalada la religión?
—Siempre mi religión estuvo centrada en la casa de mi papá, en la cena de los viernes y en las veces que lo acompañaba a la sinagoga para las grandes fiestas. Pero más nada. Al punto de que cuando papá murió, hace 18 años, a mí me dio, no como una crisis, pero sí como un vacío. Me di cuenta de que lo que hasta entonces era mi religión era en realidad mi papá, que era mi religión.
–Hay ahora un retorno...
—En 1992 fui de profesor invitado a la Universidad de Nuevo Méjico, en Albuquerque. Daba materias de dramaturgia y tenía mucho tiempo libre. Le pregunté al jefe del departamento de teatro si no habría alguien que me ensañara a leer hebreo, pues después de aquella ceremonia de los 13 años más nunca volví a hacerlo. El mencionó a la señora Malka. Y los cinco meses y medios que estuve allá aprendí lo que quería. Fue maravilloso porque entendía lo que leía y escribía. Cuando llegué aquí tuve la suerte de toparme con Jafa Algon y empecé a repasar. Hoy en día, los viernes tomo una clase con ella.
–Regresar a la lengua, ¿regresar a qué?
—Creo que fue una combinación de cosas. Empecé a perder a seres muy queridos y comencé a sentir que… También fue una cuestión de escritor, me intrigaba esa cosa de escribir de derecha a izquierda… Pero también porque sentí el consuelo de retornar a otros tiempos. Pero eso no ha significado que me volví practicante y menos un fanático, todavía no lo soy. Los amigos dicen que me he vuelto místico, será una cosa de la edad. Me divierte mucho aprender hebreo, aunque hablo como indio de película norteamericana. Román Chalbaud se ríe y me dice que él comprende que yo quiera aprender a leer, pero a hablar para qué, si yo no conozco a nadie con quien dialogar en hebreo… Yo le digo que con quién más que con Dios, al que toda la vida le he hablado en español y ahora estamos hablando en su idioma.
–¿Será que el judaísmo es imposible de apartar?
—Hay misterios en la vida de cada quien. Un misterio para mí es por qué nací en el seno de una familia burguesa acomodada que no tenía ningún antecedente de un creador en ella y salí yo. Ese misterio, cuando alguna de mis obras han tenido resonancia, se ha convertido en milagro. En medio de todo esto, es lógico que yo escribiera, si soy del pueblo del libro.
–¿Se relaciona con el judaísmo comunitario?
—Cuando empecé mi carrera con el libro Pasaje, papá fue a la sinagoga de Maripérez y uno de sus amigos le preguntó si ese Chocrón que había publicado una novela por ahí era hijo suyo. Mi papá contestó que sí, pero que eso era sólo un hobby porque su hijo era economista. Después de muchos años, papá, con el que tuve una estupenda amistad tras una vida conflictiva, se presentaba como el papá de Isaac Chocrón. Evidentemente que cuando empecé a destacar y a tener éxito esa cautela que había tanto en la comunidad como en mí comenzó a disminuir. Yo estoy muy agradecido, pues de un tiempo para acá la comunidad ha comenzado a respetarme, a apreciarme, a ser público fiel de mi trabajo y a hacerme grandes deferencias. Cada vez que me llaman para cualquier cosa con mucho gusto lo hago.
–Usted escribió alguna vez que vivía como un venezolano corriente…
—Yo soy un venezolano judío y no un judío venezolano. Toda mi actividad la he hecho en el mundo y nunca he sentido discriminación ni antisemitismo. He tenido la enorme suerte de que desde que empecé a escribir tuve éxito y el éxito nunca me ha abandonado. Soy un escritor venezolano que es judío.
–¿Qué significa asumir eso?
—Que estoy consciente de mi raigambre y de mis responsabilidades como judío.
–¿Qué le pediría a la institucionalidad judía del país?
—Que se abriera un poco más a la ciudad, que hiciera partícipe a toda la cultura caraqueña de las magníficas actividades que hace el Centro Gonzalo Benaim Pinto de Hebraica o Dita Cohen. Me gustaría que el Nuevo Mundo Israelita incorporara firmas de gente joven y se distanciara un poco de los columnistas fijos. A mis correligionarios aquí en Venezuela les convendría mucho leer a Martin Buber, porque a través de él y sus ideas sobre el yo, podríamos entender mejor el mundo del diálogo: si tú me das preguntas, yo te daré preguntas; si tú me das respuestas, yo te doy respuestas. Y entre esas preguntas y respuestas, a veces diametralmente opuestas, quizás encontremos puntos en común.
–“Lo tuyo es puro teatro”…
—Para mí el teatro es gente en una situación tensa e irregular y esta gente cambia debido a una situación, que en el fondo es lo que nos ocurre desde que nos levantamos hasta que nos acostamos.
–Puede el escritor llegar a ser el dios de sus personajes.
—Uno inventa gente que es mentira.
–¿Cree en la felicidad?
—La felicidad no es un estado constante, son momentos, suspiros. Ahora mismo, con esta entrevista, estoy feliz.
–¿Cuáles serían sus conclusiones de vida, a sus 70 años?
—Me hablas como si estuviera escribiendo mi epitafio.
–No, no se trata de eso. Hablo de aprendizajes.
—Lo más importante es que uno haga lo que le dé la gana y no lo que los demás tracen como camino; que uno nunca pierda la curiosidad por todo; y que jamás se pierda el sentido del humor.
–Se puede convivir con el éxito.
—Aprendí hace mucho tiempo que soy dos personas: una es Isaac Chocrón y otra es Isaac.
–¿A cuál entrevistamos ahora?
—Ahorita ahorita a Isaac. Porque Isaac Chocrón tiene que cuidar mucho a Isaac, que es el generador secreto de Isaac Chocrón. Pero yo sé cuándo me tengo que comportar como uno u otro. Sino se derrumba todo. Por eso yo cuido mucho mi vida privada.
–¿Uno escoge esa doble mirada?
—La vida te lo da. Un buen día me di cuenta de que yo era Isaac Chocrón y era Isaac. Desde ese instante, Isaac está muy bien porque lo protejo mucho. Una vez metí la pata y me comporté como Isaac cuando debía ser Isaac Chocrón. Y eso más nunca me volvió a ocurrir. Yo salgo de la puerta y soy Isaac Chocrón y lo hago perfecto, sé lo que esperan de mí. Pero dentro de mi casa está Isaac. Y también lo hago perfecto.

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