lunes, 7 de noviembre de 2011

Adiós a Isaac Chocrón

Isaac y Elisa: los transgresores
© Rodolfo Izaguirre

Isaac Chocrón, recuerdo imperecedero

Ayer partió Isaac Chocrón, enorme escritor, amigo incondicional de nuestra institución. Hombre íntegro, intelectual a cabalidad, mirada certera y aguda. Hoy queremos recordar su legado con este texto que leyera Rodolfo Izaguirre al presentarse el libro de Susana Rotker, Isaac Chocrón y Elisa Lerner: Los Transgresores de la Literatura Venezolana, reeditado por el Espacio Anna Frank y la UCAB el año pasado.


Hace treinta o cuarenta años atrás, en tiempos del marxismo militante venezolano, eran pocos los que apostaban por la dramaturgia de Isaac Chocrón, a quien calificábamos de frívolo, por decir lo menos. Hoy, contrariamente, es uno de los dramaturgos latinoamericanos cuya obra no sólo continúa intacta sino que desafía a un tiempo que, a su vez, irradia sobre ella el resplandor de una sorprendente vigencia y actualidad. Una dramaturgia que, al centrarse con audacia en los conflictos humanos, enfrenta igualmente, con inteligente mordacidad, las angustias de un país. Un teatro ágil, brillante y al mismo tiempo sólido, esencial; adentrado en los espacios de la conciencia y del corazón en los que nuestra propia memoria permanece amparada, protegida y defendida, también hoy, de los animales feroces que acechan a la familia pensante y sensible a la que pertenecemos.

Jueves 23 de noviembre del 2000
En un determinado momento de la conversación sostenida por Isaac Chocrón durante la Segunda Semana Sefardí que Susana Rotker incluye en el libro “Isaac Chocrón y Elisa Lerner. Los transgresores de la literatura venezolana”, Isaac refiere su sorpresa cuando le preguntó al violinista Pinkas Zuckerman si era judío. El músico que nació en Tel Aviv en 1948 le contestó que no, que era israelí y que cuando decía que era israelí no tenía ya por que dar más explicaciones. Contrariamente, es lo que Isaac ha estado haciendo toda su vida: explicarse, explicar su judaísmo. El asunto está en que ser israelí, es decir, haber nacido en Israel, es un hecho. Lo que sostiene Isaac es que ser judío venezolano, es una opción que implica al mismo tiempo un compromiso y ese compromiso consiste en mantener vivos no sólo su pasado sino el futuro. Y él, Isaac, siendo sefardí se siente heredero y responsable de la nación venezolana. Esta herencia acompañada de la noción de responsabilidad fue lo que tanto emocionó a Milagros Socorro cuando hizo la presentación formal de este novedoso ensayo de Susana Rotker sobre los conceptos de marginalidad y minoría a partir de la obra de estos dos dramaturgos judíos venezolanos. Un libro que no sólo enriquece la ensayística sobre la condición judía sino que viene a ser un original aporte para establecer nuevas maneras de incursionar y de aproximarnos a la autoría teatral venezolana.
Somos muchos los que envidiamos el don y la capacidad de Elisa Lerner para expresar, envolver o arropar al universo; para definir lo indefinible y revelar situaciones y estados de ánimo empleando pocas palabras. Y tengo, además, mil razones para adorar a Elisa de la misma manera que adoro a Isaac Chocrón. En una oportunidad, Elisa me envió un correo preguntando si debía asistir o no a una reunión que podría incomodarla políticamente. Razoné y sugerí que era preferible que no asistiese a esa reunión. Seguidamente, me contestó con dos palabras: “¡Aduciré cansancio!”
Ahora, les pregunto a ustedes: ¿Cuántas veces en lo que llevan de vida han conjugado ustedes el verbo aducir? ¡Lo ven? Elisa lo conjugó de manera concisa y admirable; lo que revela un conocimiento y un uso preciso y acertado del lenguaje que ya quisiera yo para mí retórico como soy, generoso con adjetivos que a veces ni siquiera llegan a calificar.
Digo esto porque Elisa aludió una vez a la bandera judía. Existe desde luego la bandera del Estado de Israel, la bandera de Pinkas Zukerman: dos rayas azules del mismo tamaño sobre un fondo blanco y en el centro la Estrella de David también de color azul. Una bandera que fue adoptada cinco meses después del establecimiento del Estado de Israel el 25 Tishrei, 5709 que equivale, en mi humilde y juvenil calendario, al 28 de octubre de 1948. Pero Elisa se refería a otra bandera, a la bandera del pueblo judío y dijo que esa bandera no era otra que el mantel y al decirlo, se refería al hecho de que en la cotidianidad judía, en la dispersión, el exilio; en la diáspora siempre hay una mesa servida, un mantel puesto, una tradición milenaria, algo que comer. Es decir, ¡una familia¡ En la obra teatral de Chocrón, la familia aparece en la mayoría de sus piezas y en Elisa ¡hay toda una vida con mamá¡
Ellos son dramaturgos esto es, afiliados a la palabra; judíos y venezolanos los dos: sefardí uno, askenazí Elisa. Chocrón es autor de diálogos deslumbrantes y Elisa es dueña absoluta del monólogo pero cuando debe dialogar da pasos mordaces y sarcásticos al frente. La mitología caraqueña establece que Elisa dio esos pasos en el 2000 cuando Hugo Chávez le entregó en Miraflores el Premio Nacional de Literatura. El caudillo, agresivo, la increpó: “!Tú no eres de aquí¡” como si le restregara la condición judía que, en su mala intención, significaba decirle extranjera, ganas de echarla fuera del país; hacerle ver que usurpaba la nacionalidad del Premio. “Nací en Valencia”, contestó Elisa y de inmediato desconcertó al militar: “¿Usted ha leído alguna de mis obras?”
La primera vez que vi a Isaac Chocrón sin ser presentados, fue de lejos frente al mar Caribe. Yo era un joven de poco más de veinte años y con un grupo de amigos acostumbraba visitar a la escritora Antonia Palacios en su apartamento de Laguna Beach. (Más que Ana Isabel, una niña decente, Antonia siempre fue para nosotros la Bella de Inteligencia creada por Elisa en 1960).
Desde donde yo estaba, tumbado sobre la arena, observé que en un pequeño grupo sentado en sillas de playa destacaba un joven que podría tener mi misma edad. Al ver la manera tan desacostumbrada de cruzar las piernas, la elegante vivacidad de sus manos al moverse como si tuviesen vida propia y el encanto que emanaba de él, supe al instante, intuí, tuve el pálpito de que era Isaac Chocrón porque nadie en aquel país venezolano de los años sesenta podía ser tan deslumbrante.
Después tuve el privilegio de escucharlo, leer sus primeras novelas, asistir a los estrenos de sus piezas teatrales y constatar lo que también ya sabía: que era dueño de una inteligencia esclarecida, una ilimitada capacidad de sarcástico humor y un asombroso talento para alternar la narrativa y la dramaturgia al punto de construir no sólo un importante corpus novelístico sino una obra dramatúrgica densa, intensa y en gran parte autobiográfica. Amoroso. Risueño. Chispeante. Un ser solitario en permanente combate contra la soledad y a punto de encontrar en su madurez resplandores místicos.
Elías Chocrón, el padre, y Esther Ettedgi que hizo de madre; Mercedes y Mauricio, sus hermanos, fueron saliendo de la vida para transformarse dolorosamente en seres de ficción y personajes teatrales. Belén Lobo, pertenece a esa familia desde la adolescencia en calidad de hermana de Isaac. Al casarme con ella, hace 46 años, también pasé a ser su hermano. Él mantiene una bella relación con mis tres hijos: es padrino de Rházil; adora a Valentina y siente particular afecto por Boris. José Ignacio Cabrujas e Isaac se convirtieron en tutores, padres y maestros de mi hijo al punto de que en la primera novela de Boris: “El vuelo de los avestruces” (Alfadil Ediciones 1991), se lee esta dedicatoria:

A Isaac, José Ignacio y Rodolfo, mis padres

Y Elisa, nuestra verdadera e irrepetible bella de inteligencia, fue la única mujer en el Grupo Sardio que insurgió contra la literatura imperante a finales de los años cincuenta cuando unos jóvenes: Adriano González León, Guillermo Sucre, Luís García Morales, Gonzalo Castellano combatían a su manera, desde la sensibilidad y la literatura, al fascismo ordinario de otro militar, el general Marcos Pérez Jiménez.
Fue en el número siete de la revista Sardio (Abril-Mayo de 1960) donde Elisa publicó por primera vez "Una entrevista de prensa o La bella de inteligencia" montada posteriormente por Guillermo Montiel en el teatro La Quimera. Con esta pieza asomaba una visión teatral personalísima que cimentaba la estructura de su dramaturgia sobre la presencia apenas de dos personajes, salvo en "El vasto silencio de Manhattan" donde se despliega un elenco apreciable. En "La Bella de inteligencia", es la Bella y el periodista; es la madre y la hija en "Vida con mamá"; la mujer y la muchacha en "El país odontológico", el hombre y la mujer en "La envidia o La añoranza de los mesoneros" y hay una mujer sola, sentada en la fuente de soda de un supermercado, en lo que pudiera considerarse como un brillante monólogo dispuesto en cualquier momento a transformarse en una pieza teatral de mucho dinamismo.
Y hoy vemos reaparecerá en plenitud a Susana Rotker, mi bella amiga adolescente que escribía entonces críticas de cine convertida ahora en ensayista, muy scholar, muy universitaria; erudita, capaz de desentrañar las resonancias judías que recorren las obras teatrales más en Isaac que en Elisa. Una manera nueva y fascinante de abordar la creación teatral aunque Susana va, incluso, más allá e incursiona en la marginalidad del ser judío; el verse desde afuera y desde adentro; la existencia de minorías y sus relaciones con el Poder. Temas de permanente importancia, en particular para nosotros venezolanos que somos testigos avergonzados de los sentimientos antisemitas y de ofensas sacrílegas perpetradas en esta malhadada hora bolivariana.
Susana agrega a su utilísima bibliografía una invalorable cronología establecida por ella, que va desde 1634, cuando se establece la primera comunidad judía en el Caribe, hasta el 2007; lo que permite una visión global de los procesos históricos del judaísmo y las referencias esenciales para el análisis de la escritura judía en Venezuela. ¡Esto, desde luego, me parece importantísimo!
Pero lo que me maravilla, la revelación que me estremece y convierte en privilegio mi relación con Elisa e Isaac es descubrir, gracias a Susana Rotker, que ellos son transgresores de la literatura venezolana; del teatro; nada menos que del teatro!
Transgresores: ¡lo que siempre he querido ser!

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