lunes, 3 de octubre de 2011

Salón Nacional de la Coexistencia 2011

Espacio Anna Frank 
entrega premios
y celebra la coexistencia
© Carolina Jaimes Branger

El pasado 18 de septiembre se realizó el acto de premiación del Salón Nacional de la Coexistencia, categoría diseño gráfico 2011, en el Centro Comercial Galerías El Recreo. Lo que sigue es el texto de presentación que leyera Carolina Jaimes Branger, escritora y miembro del Espacio Anna Frank

¡Bienvenidos! Hoy, por segundo año consecutivo –y hago votos porque siempre sea así- el Espacio Anna Frank nos ha convocado para celebrar la coexistencia. Co-existir es vivir en paz. Algo que se dice tan fácilmente, pero que ha sido tan difícil de llevar a la práctica.
Cuando el Presidente Dwight Eisenhower visitó al término de la Segunda Guerra Mundial el primer “campo de horror”, como adecuadamente llamó a los campos de concentración y exterminio, se propuso dejar testimonio sobre lo que allí había sucedido. Primero, pensando que de esa manera no volvería a suceder. Segundo, previendo que surgiera la creencia -o que alguien pudiera afirmar- que las brutalidades que allí se cometieron jamás sucedieron, o que eran simple propaganda.
Tristemente ambas cosas han sucedido. El negacionismo está a la orden del día. Y las historias de desolación, tragedia y muerte de estos campos se han repetido en China, Tibet, Cambodia, Corea del Norte, Etiopía, Biafra, Afganistán, Ruanda, Timor Oriental, Kurdistán, Yugoslavia, Angola, Uganda, Pakistán, Liberia, Sierra Leona, Burundi, Sudán y la República Centroafricana.

La pregunta que surge es si la humanidad necesita las guerras. Mucho se ha hablado de lo inherente que es la maldad a la naturaleza humana. Pero sobre esto tengo un argumento poderosamente optimista:
En 1994, un maravilloso descubrimiento en el desierto que se encuentra entre el Océano Pacífico y la Cordillera de Los Andes en Perú, dado a conocer por Ruth Shady, arqueóloga y profesora de la Universidad de San Marcos en Lima. A pesar de su importancia, pasó casi inadvertido para la comunidad no versada en Arqueología. Un documental elaborado por la BBC en 2001 da cuenta pormenorizada de este hallazgo y resulta interesantísimo conocerlo en detalle.
Se trata de Caral, una de las ciudades más antiguas del mundo, construida en la misma época que las pirámides de Egipto. Su descubrimiento no sólo desplaza la fecha de la primera sociedad compleja en América casi mil años más atrás de lo que se había calculado originalmente, sino que además pudiera tratarse de la “gran línea divisoria” o “gran divisoria” tan buscada por los arqueólogos.
Esta “gran divisoria” vendría a ser una suerte de “eslabón perdido” de la Arqueología, que mostraría cómo una sociedad de nómadas, o en el mejor caso de tribus sedentarias que sólo sobrevivían, dieron el salto a la civilización, construyendo grandes ciudades con impresionantes monumentos.
El problema para encontrar la “gran divisoria” radicaba principalmente en que no se había encontrado una “ciudad madre” pues el hombre ha construido las ciudades sobre las ruinas de otras ciudades. La búsqueda, que se había enfocado en Mesopotamia, India, Egipto y la actual Europa, se trasladó a América ante la imposibilidad de encontrar la ciudad primigenia. Pero en América las ciudades que se habían encontrado eran menos antiguas que las de África, Asia y Europa.
Las especulaciones sobre qué fue lo que produjo la “gran divisoria” han ido desde las guerras hasta los extraterrestres, pero hasta ahora no había habido nada que fuera lo suficientemente concluyente. Se trataba entonces de quién probaba cualquiera de las teorías.
Durante veinte años Jonathan Haas y Winifred Creamer, arqueólogos del Field Museum de Chicago, intentaron probar la teoría de que fueron las guerras motivaron la gran división. Con grandes argumentos y muchos científicos apoyando la tesis de que el conflicto era lo que había empujado el progreso, basaban su afirmación en el hecho de que todas tenían en común fortificaciones para evitar invasiones, esculturas y representaciones de generales, héroes y batallas, y escrituras que describían episodios bélicos y muertes violentas.

Sin embargo, el descubrimiento de Caral echó por el piso todas esas teorías: los estudios han demostrado que sus habitantes se dedicaron al comercio con la costa Pacífica y con lugares tan lejanos como la selva amazónica, teniendo como principal producto el algodón. Tejieron redes para los pescadores, elaboraron telas, fabricaron bolsos para transportar las enormes piedras que necesitaron para erigir las imponentes construcciones que durante miles de años permanecieron enterradas, tan grandes que las confundieron con colinas hasta que llegó la profesora Shady.
La de Caral fue una sociedad que amó la música, la diversión, el comercio, y que de esa manera vivió mil años de paz. No se halló allí ninguna traza de prácticas violentas o guerreras. Los cadáveres momificados no mostraron señales de maltratos ni torturas. Algunos, como el cadáver de un bebé de dos meses, había sido amorosamente embalsamado.
Este descubrimiento hace que se revise la premisa de la maldad, a la luz de esta realidad: si una sociedad pudo vivir mil años en paz, ni la guerra, ni la violencia, ni la maldad, pueden ser parte de la condición humana como algunos habían pensado. Y esto es esperanzador en grado sumo. Sobre todo en estos momentos en que necesitamos más que nunca creer que el Bien terminará imponiéndose sobre el Mal.
Pero hay condiciones para que la paz pueda darse:
La primera es la educación. En particular, diría yo, a la educación de las mujeres. Y no quisiera que esta aseveración se considerara como una posición feminista, pues para mí la igualdad entre los géneros no tiene discusión. Pero es un hecho que las sociedades en las que las mujeres tienen acceso a la educación son más avanzadas. Y no podía ser de otra manera: hasta que las mujeres se integraron al mundo de la academia, la humanidad había caminado sobre un solo pie.
Hace casi veinte años, asistí en Harvard a una conferencia sobre violencia y pobreza que daba un representante del Banco Mundial. Las estadísticas que entonces presentó me impactaron: la reducción de las dos variables y su impacto sobre la paz y el bienestar era directamente proporcional a la escolaridad de las mujeres. El que millones de mujeres hubieran terminado primer grado, ya representaba un cambio significativo.

La experiencia de Mohammed Yunnus en el Grameen Bank –tristemente desprestigiado en estos últimos tiempos- también demostró el efecto que tiene empoderar a las mujeres.
César Gaviria Trujillo, cuando era Secretario General de la OEA, en la Cumbre Económica para la Mujer de las Américas celebrada el 11 de noviembre de 1999 en Buenos Aires, Argentina, se refirió al liderazgo alcanzado por la mujer como actor económico, y su extraordinario potencial para hacer prosperar a nuestras sociedades y nuestras economías.
Dijo que la participación activa de la mujer en las estructuras de poder y de toma de decisiones era tal vez el componente más importante para avanzar en la igualdad de oportunidades en nuestras sociedades.
La segunda condición para la paz es la libertad. Los regímenes totalitarios son terribles, de eso no cabe duda. Las recetas de cómo se forman, se desarrollan y se mantienen son siempre las mismas. Cuando uno conoce uno solo de esos regímenes, puede predecir con exactitud lo que pasó en los demás: nada nuevo bajo el sol: ausencia total de libertad, exceso de arbitrariedades, violación sistemática de derechos humanos, enemigos externos que son culpables de todos los males internos, corrupción, elites privilegiadas, control total de la información, Estados omnipresentes y omnipotentes...
Por fortuna, es mucho lo que se habla sobre la libertad en estos días. De su importancia para la supervivencia de la democracia. De su valor como derecho inalienable de los individuos.

La obra de John Stuart Mill "Sobre la libertad", un tratado publicado en 1859, es tan actual como si se hubiera escrito en estos días. En él, Mill, considerado por muchos como el padre del utilitarismo ético, reflexiona sobre el papel de la libertad en la coordinación de los intereses individuales, sobre su permanencia en el tiempo y sus consecuencias para las sociedades.
Mill está convencido de que la educación es el mejor instrumento para que las sociedades sean cada vez más libres y así alcancen su más alto nivel de felicidad. La felicidad la define el propio Mill como el mayor bienestar posible, siempre que no se afecte a los demás.
Pero para que todos entiendan el concepto de libertad, tienen que darse ciertas condiciones de desmarginalización, educación e igualdad de oportunidades. De otra manera, la libertad sigue teniendo su valor intrínseco, pero es incompleta.
Hay un enorme número de personas en el mundo para quienes la palabra "libertad" no significa lo que debería significar. Porque la libertad no se decreta, ni se circunscribe a unas hermosas palabras impresas en una Constitución.
La vida de alguien no cambia sólo con prometerle "libertad", si esa persona es esclava de su ignorancia. No puede considerarse libre una persona que no ha recibido educación, o que está expuesta a ser ideologizada. Mill es enemigo acérrimo del adoctrinamiento. Una mujer que trabaja para mantener ocho niños sin padres, que vive en la zozobra de la inseguridad de los barrios, que no tiene agua corriente en su vivienda, que muchas noches se acuesta sin haber comido, y que corre peligro de quedarse sin techo cada vez que cae un aguacero, es libre, pero no lo sabe.
Y aquí llego a la tercera condición para la paz: la democracia. Y las democracias modernas deben estudiarse a la luz de la enorme influencia que tienen sobre ellas los medios de comunicación tradicionales y el más reciente impacto de la masificación del Internet y las redes sociales.
El estudio de la comunicación política tiene unos orígenes muy
recientes, aunque pensadores de la antigua Grecia como Aristóteles ya se habían interesado por ella. En los años cincuenta se produjo en los países democráticos una serie de acontecimientos que cambió las relaciones entre la comunicación y la política. Entre estos
acontecimientos se encuentra la aparición de la televisión como un medio de comunicación de masas. Muy pronto, la televisión desplazó a la radio como la primera fuente de noticias sobre política y gobierno para el público. Hoy en día es el Internet, el Twitter y el Facebook.

La rivalidad entre los medios de información y los funcionarios del gobierno para controlar el orden de los acontecimientos aumenta y también hay tensiones para determinar los asuntos que son de mayor importancia y su posterior presentación. Todas las democracias se han visto afectadas por la ascensión de los medios de comunicación de masas y de los expertos en comunicación, sondeos y estrategias sofisticadas de comunicación.
El campo de la comunicación política ha sido altamente influenciado por la globalización.
En cada país, aunque el proceso de cambio está condicionado por el entorno nacional, la particular cultura política, instituciones, historia o el sistema de medios de comunicación, a la vez compara sus experiencias con las de los demás países.
El proceso de modernización de los medios de comunicación se traduce en el avance del periodismo políticamente neutral que atrae la atención de una audiencia a nivel nacional y que guarda celosamente su independencia. Se presenta como un observador objetivo y desinteresado. Se interpone entre los líderes políticos y el público, puede hablar con más autoridad y credibilidad por su posición en el centro de la sociedad, independencia de la influencia del gobierno y los partidos políticos. Y esto es fundamental para la paz.
No quiero terminar el tema de la democracia sin hablar de la necesidad de que exista alternabilidad en el poder. Hay un dicho que he visto anónimo, pero también adjudicado tanto a Bernard Shaw como a Mark Twain. Es tan genial que podría ser de cualquiera de los dos. Dice así: “los políticos y los pañales deben ser cambiados con frecuencia y por la misma razón”.
Como cuarta condición, quiero destacar el papel de los jóvenes como protagonistas de los procesos de paz. Los jóvenes de hoy son los adultos del mañana, de un mañana por cierto nada remoto.
En los años sesenta, cuando el movimiento juvenil alcanzó una de sus cumbres históricas, la consigna entre los muchachos era "no confíes en nadie que sea mayor de treinta años". La actitud de nuestros jóvenes hoy es similar. Es maravilloso percibir su honestidad cuando dicen que sus armas son sus libros y sus palabras y saber que su protesta es pacífica, pero contundente.
Ésta de hoy es su lucha, porque de ella depende su futuro. Y nosotros tenemos que apoyarlos. Como dijo el Presidente Ronald Reagan, "los necesitamos: necesitamos su juventud, su fuerza y su idealismo… los necesitamos para que nos ayuden a hacer bien todo lo que estemos haciendo mal".
La quinta condición es acabar con los nacionalismos. Poner fin a las posturas que exacerban las divisiones, que minimizan y denigran del distinto por la razón que sea. La historia de Nelson Mandela es el mejor ejemplo de cómo -optando por la paz- se evitó una larga y cruenta guerra civil.
La película “Invictus”, basada en el libro de John Carlin, Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game that Made a Nation, narra la historia: tras ser liberado de prisión en 1990, el líder activista Nelson Mandela llega años después a la presidencia de Sudáfrica, y desde ese puesto se dispone a construir una política de reconciliación entre la mayoría negra, que fue oprimida en el Apartheid, y la minoría blanca, que se muestra temerosa de un posible revanchismo por parte del nuevo gobierno.

Para tal fin, Mandela fija su atención en la selección sudafricana de rugby, conocida como "Springboks". Este equipo no pasa por una buena racha deportiva y sus fracasos se acumulan; además, no cuenta con el apoyo de la población negra, que lo identifica con las instituciones del apartheid. Mandela convoca al capitán del equipo, François Pienaar, y juntos se empeñan en una cruzada por cambiar la mentalidad del pueblo sudafricano y orientarla hacia la unidad nacional. Para ello deciden que es necesario ganar la Copa Mundial de Rugby de 1995 que se disputa en Sudáfrica, cuya final tendrá lugar en el Estadio Ellis Park de Johannesburgo. La mayor ganancia no fue la copa, que ganaron, sino la paz. El país se unió alrededor de algo tan pedestre como un equipo de rugby y el deseo común de que éste triunfara. Aquí tenemos el Sistema de Orquestas.
La quinta condición es ponerse en el lugar del otro. Benito Juárez decía que “la paz es el respeto al derecho ajeno”. Quiero relatarles una anécdota personal:
El día del referendo revocatorio en 2002 yo pertenecía al CNE (era rectora suplente). Como estaba acreditada, me quedé ayudando en mi centro de votación en Maracay para que fluyera mejor un proceso que estaba resultando lento y traumático, en particular para personas de la tercera edad. Unos días después recibí un correo electrónico de un soldado que pertenecía al Plan República. Me agradecía “a usted que es de oposición” que hubiera ayudado a su mamá “a pesar de que sabía por quién iba a votar ella”. Yo agradecí el gesto de que me hubiera escrito, pero acepté con dolor la realidad de que él tuviera que agradecerme un gesto que no era más que mi deber como venezolana.
La apertura es una consecuencia de colocarse los zapatos del prójimo. Y la piedad también. En estos tiempos turbulentos de nuestra historia patria, quiero recordar una bella historia:
¿Sabían ustedes que en la década de los años treinta, Hitler, para demostrar su tesis de que a los judíos nadie los quería, envió a varios lugares del mundo barcos llenos de judíos, anticipando que nadie los recibiría? En efecto, muchos países los rechazaron. Y no por antisemitas, sino por miedo a una retaliación de Hitler, quien ya se perfilaba como el líder más poderoso del mundo.
Hubo quienes hicieron negocio con ese horror. Buscaban un país que les ofreciera asilo y visa a los judíos previo un sustancioso pago que luego compartían. Dos de esos barcos, el Caribia y el Koenigstein, zarparon desde Hamburgo hacia Trinidad y Barbados respectivamente, donde les habían ofrecido permiso de entrada y estadía, previo pago de $280 por pasajero. Pero cuando llegó el Caribia ni siquiera le permitieron entrar en la rada, sino que tuvo que atracar mar afuera. “Los permisos fueron cancelados”, les informaron. Los pasajeros judíos empezaron a desesperarse. El capitán tenía órdenes de lanzarlos al mar o de devolverlos a Alemania si no les daban permiso de desembarcar. Ante esa posibilidad, salió de Trinidad y llegó a La Guaira. Los judíos, apoyados por asociaciones internacionales judías, habían enviado telegramas a los gobiernos de muchos países. Hicieron la petición al gobierno del General Eleazar López Contreras. Pasó un día. Jacques Kohn y los negociadores de la Unión Israelita venezolana entraron en el barco y siguieron a Puerto Cabello, en espera de la respuesta. Como el tiempo corría y el capitán tenía que cumplir con las terribles órdenes, sugirió probar suerte en Curazao y hacia allá zarparon.
El General López Contreras, sabiendo que la decisión de echarse encima a Hitler era difícil y delicada, se tomó el tiempo de consultar con todos los sectores de la sociedad, incluyendo la Iglesia Católica. La respuesta fue afirmativa y el barco se devolvió a Puerto Cabello. Llegaron la noche del 3 de febrero de 1939. Todos en Puerto Cabello encendieron las luces para disipar la oscuridad. Los camioneros enfilaron sus luces altas hacia el barco para iluminar el descenso. Los porteños los alojaron en sus casas, sin conocerlos, con comida y flores, cobijas y juguetes para los niños.
Relataba el señor Erwin Sensel, pasajero del Caribia, a quien conocí y quien murió hace poco con más de 100 años de edad:
“La impresión mayor que recibí fue la llegada a Puerto Cabello, donde al desembarcar nos recibió una muchedumbre con cariño, aplausos y abrazos… trajeron frutas y comidas… Nosotros, que estábamos acostumbrados a tanto odio y tanta repulsión en un continente llamado “civilizado”, nos sorprendió encontrarnos con que los “indígenas” que nosotros habíamos pensado que eran mucho más atrasados que nosotros, nos enseñaban cuál era la calidad humana que la gente podía tener. Ese momento ha sido decisivo en mis sentimientos hacia Venezuela, hacia su pueblo y hacia sus autoridades…”
Unas personas que lo que habían recibido era odio -puro, destilado y recalcitrante- llegaban a un país donde no sólo los recibían, sino que los recibían con amor.
Los pasajeros del Koenigstein, cuyo desembarco fue denegado en Barbados y probaba suerte en Guyana Inglesa (donde ni siquiera los dejaron entrar al puerto), y habían tomado la decisión desesperada de lanzarse al mar si no los recibían, oyeron por radio una buena noticia. Tan buena, que no la podían creer: los judíos del Caribia habían desembarcado en Puerto Cabello. Y para acá se vinieron también. Llegaron a La Guaira el 27 de febrero del mismo año y el doctor Aza Sánchez, héroe civil, los recibió en sus terrenos de Mampote.
Esta historia habla de lo mejor que tenemos los venezolanos.
Los seres humanos necesitamos tener fe en nuestros semejantes, porque de esa fe pueden surgir cosas maravillosas. Como la esperanza.
Ribaiba dijo que la guerra se pierde cuando se deja de luchar. Y mientras no dejemos de luchar… ¡habrá esperanzas!
Hoy que celebramos la paz, la tolerancia y la comprensión, quiero terminar con unas palabras de Ortega y Gassett que dicen:
"Sólo cabe el progreso cuando se piensa en grande… y sólo se puede avanzar cuando se mira lejos".
El que el Espacio Anna Frank exista, en sí mismo, es una garantía de que habrá quien vele y luche por la coexistencia. Porque nos hemos propuesto a pensar en grande. Porque hemos mirado, miramos y miraremos lejos.

Ver detalles sobre los ganadores AQUI

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada