miércoles, 5 de octubre de 2011

Poesía

Ana Frank no puede ver la luna


El poemario Ana Frank no puede ver la luna (Ediciones Rilke, 2010), de Pablo Méndez, fue galardonado en días recientes con el Premio de la Crítica de Madrid.
Nacido en la capital española en 1975, Pablo Méndez publicó su primer libro con apenas dieciocho años y en 1994 la publicación de Una flecha hacia la nada, le situó entre los poetas más interesantes y controvertidos. Es autor también de Barrio sin luz, Patio interior y Alcalá blues, todos ellos incluidos en Cadena perpetua. Poesía que viaja constantemente entre lo social y lo existencial, que busca siempre al ser humano y lo rescata de su natural tristeza.
Ana Frank no puede ver la luna está dividido en tres partes. Confirmando a Ana Frank como el gran símbolo de amor a la vida y a la literatura con un final de tragedia, Pablo Méndez ha escrito su libro más hondo y emocionante. Literatura y ausencias en cada página, amor por todo y dolor al mismo tiempo en una poesía que siempre sabe describir la auténtica debilidad del ser humano.
A continuación un abreboca a ese libro ganador.

Gato viudo

Es sabido que los gatos tardan tres
o cuatro días en elegir un dueño
cuando llegan a un hogar,

pero este tardó seis horas
y eligió a una mujer
que nunca había querido un gato,

¿quién les orienta en tan ardua disciplina?
un instinto animal antiguo y poderoso
les guía sin error por semejante laberinto,

y era casi obsesión, la seguía,
la escuchaba, la miraba cocinar,
la buscaba en las sombras,

la llamaba en la noche,
ronroneaba en su puerta,
lamía sus manos, conocía

las telas suaves de sus vestidos,
se tranquilizaba en sus brazos,
vigilaba sus sueños, era un padre

felino y orgulloso, un novio
de ojos amarillos y verdes,
un hijo mimado y pequeño,

una compañía extraña, hilado
de bigotes, nocturno de ojos,
radiante siempre en su regazo,

no podré olvidar su lomo arqueado
y torcido, sus ojos brillantes,
cuando aquella mujer

al fin, volvía del hospital,

hasta que no volvió,
y el gato tuvo que tragarse
su ausencia pesada,

ahora, pasados dos
años de aquel invierno,
ya no maúlla dolorido,

viudo y solo, se tumba
en el diván, y la recuerda
mientras duerme.


Amo la vida

Amo la vida,
dejadme decirlo así como suena,
como un cohete, como una larga
piedra que rompe en la distancia,
amo la vida, y amo este dolor
que llevo en mi costado,
mi larga cadena, la lluvia
de decir adiós
demasiado pronto,

la vida no es nada, detrás
de cada hombre no hay nada,
si lo piensas, sólo el reloj,
y el amor a la vida.


Paseando por el Parque Gloria Fuertes

Te gustaría el vagabundo que duerme
esta mañana de abril, en el banco
del parque que lleva tu nombre,
y más aún, la pareja, que mañana viernes,
se besará en aquella esquina
como si fuera a terminarse el mundo,
aquí estoy, recordando aquella casa
tuya dos calles más abajo, donde
me preguntabas por las novias
que no tenía, y por mis sueños
que empiezo a ver
en el bulevar de la distancia,
vengo del médico, fíjate, tengo
angustia, dolor de cabeza,
y una tristeza que a ti ya
te gustaba poco en aquellos
últimos años de tu vida,
murió mi madre, algunos
amigos, y un montón
de preciosas palabras,
pero me queda tu jardín
y la poesía, la poesía siempre
de tu mano, de la de todos,
como un pulmón verdadero y ágil
para seguir viviendo.


Los paraguas de la tarde

Los paraguas de esta tarde eran extraños,
me hablaron, me dijeron verdades
de tu tiempo y el mío,
sabios, como viejos que hablan de la vida,
todos a la vez
gritaban y gritaban,
era la lluvia también,
y la noche, y el miedo
a seguir solitariamente acompañado.


Ana Frank no puede ver la luna

Hoy, Ana Frank cumpliría ochenta años,
¿cómo será ese sueño hondo
de cumplir y cumplir
ochenta años?
quién puede bajarse
del tren de la vida y mirar caminos
ochenta años
ochenta, ahora tendidos
en el árbol viejo de la muerte,
ochenta años
yo miraré por ti los fresnos,
apagaré las velas,
celebraré la luna,
besaré a mi mujer,
este es mi regalo:
felicidades.


Perdón por el poema

No, no sabéis lo que es
desear que una madre muera,
(dolor me da sólo escribirlo),
verla deshacerse cada día:
cada vez más pequeña,
no saber si sufre, si tiene vista,
si sabe que está muriendo,
si escucha el dolor
y la angustia de los demás,
no, no sabéis lo que es
preguntar a las enfermeras:
cuánto tiempo,
sentir
su respiración
como un lamento débil y hondo,
decirle: muérete ya,
y llévate contigo
todo lo que amaste en la vida,
pero muérete ya
pues no hay dolor más grande
que el olvido imposible,
ni luz más dolorosa
que la que no puede apagarse.


Página web de poeta Pablo Méndez (AQUÍ)

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