lunes, 12 de septiembre de 2011

Coexistencia

El día que descubrí la xenofobia
© María Teresa Ogliastri



"El odio nunca es vencido por el odio, sino por el amor"
Mahatma Gandhi


Cuando tenía diez años, mi mayor felicidad era jugar con Blackie, un perro que me habían regalado para mi cumpleaños. Era un cocker spaniels negro como la noche. Poseía unos ojos vivaces con los que me hablaba. Blackie conocía todas las estratagemas para escaparse de la casa. Era imposible mantenerlo encerrado. Para entonces, yo estudiaba el cuarto grado en un colegio de monjas en donde tenía pocas amigas. Una tarde, al regresar del colegio, pensando en la rica merienda y el saludo eufórico de Blackie, para sorpresa mía, encontré una pinta en la pared de mi casa que decía: “Mueran los extranjeros”. Al leer esto, el estómago me dio un salto. De repente el día luminoso que me acompañaba de regreso al hogar, se nubló anunciando tormenta. ¿Qué teníamos nosotros que ver con eso? Busqué a mi mamá y le hice esa pregunta. Su semblante poseía la gravedad de quien resiste dignamente un oprobio. No lo negó. Me dijo que lo que estaba escrito en la pared, era verdad. Éramos extranjeros y los vecinos no nos querían. Entonce se quebró mi confianza básica. En ese momento, plenos años sesenta, en Venezuela, había problemas políticos con Colombia. Una campaña de difamación, que había lanzado una cadena de periódicos amarillistas, promovía el odio al país vecino. Lo peor de todo es que no había forma de remediarlo. Mi familia era colombiana.
Desde entonces, comprendí que ser extranjero es una de los estigmas más dolorosos del ser humano. Esta sensación de desgarramiento, que comenzó a invadirme, me reveló muchas cosas. Tomé conciencia de que era diferente a mi entorno y eso me hizo sentir más vulnerable. Pero eso no fue lo peor. Días después del graffiti, desapareció Blackie. Esa noche fue la más negra de mi espíritu. Un acceso de llanto me anunció el dolor. Lo busqué por todas partes. Nadie lo había visto. Recé. Todo indicaba que Blackie no volvería. Había una versión que parecía cierta. Es posible que, en sus correrías, Blackie hubiese intentado cruzar la autopista. Quería no pensar en eso, y conservar la fe de que en pocos días regresaría. Una semana después, al abrir la puerta de la casa para dirigirme al colegio, encontré en el suelo el collar de Blackie. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿En dónde estaba mi perro ahora? Nunca obtuve respuesta.
La reflexión que surgió en mí es que no podemos controlar el mal. Está ahí, y se presenta. Poco tiempo después, cayó en mis manos El Diario de Ana Frank. Lo leí con la convicción de que esa niña que escribía escondida sabía lo que era el odio contra todo un pueblo. Sin embargo, en ese libro, sus palabras no deseaban mal a nadie ni pedían venganza. A pesar de sufrir las consecuencias terribles del fanatismo, Ana escribió en su diario: “Sigo creyendo en la innata bondad del hombre”. Estas palabras fueron para mí un antídoto contra el resentimiento y el odio que se pudo anidar en mi corazón por el rechazo a mi familia y por la desaparición de Blackie. Ana Frank no dejó que el odio triunfara en su alma. Después de la lectura de este testimonio, comprendí que el odio no se puede combatir con odio. Tuve que aceptar que el dolor por la pérdida de Blackie era una oportunidad para aprender que, aunque el mal se presente, tenemos que encontrar la manera de salvar lo mejor de nuestra humanidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada