martes, 6 de septiembre de 2011

Coexistencia

La gracia de una larga convivencia
© Elisa Lerner

Plaza La Concordia, en Caracas

Sé que durante mi infancia las cosas en el mundo no parecían marchar demasiado bien. Había alguien en Alemania cuyos discursos malsonantes, los espumarajos que parecían salir de su voz pretendieron acallar la respiración del planeta. En el bello hogar, desde la radio donde escuchaba los foxtrots que me trajeron tempranas felicidades neoyorkinas, mis padres se inquietaban cuando oían esa voz diabólica de enorme verdugo. Entonces, porque alguno de ellos estaba cerca se encargaba de apagar la radio. Constituíamos una familia pequeña, afectuosa y disciplinada. En suma, sin querer ser pretenciosa, allí asomaba un primer primor de coexistencia. Y, nunca me sentí distinta porque tenía que mirar los mapas, los mares, los océanos, las ciudades para adivinar dónde podrían estar mis abuelos, tíos o primos. Tampoco porque, aunque cursaba en una escuela laica de la parroquia Santa Teresa no rezaba el Credo católico antes del comienzo de las clases o no estuviera apuntada a clases de catecismo. Fui, igualmente, querida por mis maestras y estimadas por mis condiscípulas.
Nadie me preguntó porque yo era tan blanquita, no era la única, aunque hubo más de una niña de asombrosos ojos verdes y un poco matizada la piel por la compleja riqueza de nuestro mestizaje.
Sin que mediara la familia, a la primera fiesta que asistí en mi infancia fue a una modesta, pero encantadora, a la que me invitó una chica muy criolla y vivaz que había compartido conmigo no solo el pupitre en el quinto grado sino su relato, hecho con mucho coraje, de la travesía del padre hasta Baltimore para operarse de alguna ardua enfermedad. Otra de mis amigas de infancia, una de las primeras con las que fui a una función de matinée, vivía muy mimada en la esquina de Hospital hija de un padre griego comerciante en finas telas y de una amorosísima madre árabe. Lo que contaba era una de esas raras afinidades que pueden darse en la infancia.
En la nueva y moderna prensa del país los intelectuales apostaban por el triunfo de las fuerzas aliadas. Era un tiempo de mucha esperanza para el país. Pocos años atrás Venezuela había podido zafarse de una férrea dictadura. En los espesos bigotes del General Gómez, durante la bicoca de veintisiete años, había quedado atrapada la felicidad del país.
Se construyó la plaza de la Concordia, un homenaje a la coexistencia, en el lugar donde había estado la tenebrosa cárcel de La Rotunda. Una plaza llena de luz, con una hermosa rotunda, a medio camino entre la calle de mi escuela federal y la de mi casa paterna. En esa ciudad clemente que permitía un asomo de leve rebeldía a una niña del año 1945, alguna vez a la salida de clases, corretée, jugué en medio de esa plaza casi infinita que creyó darle al país la gracia de una larga convivencia.

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