lunes, 5 de septiembre de 2011

Coexistencia

Sobre la coexistencia ciudadana
© Ana Nuño


Queda muy bien, siempre, hablar de coexistencia; pero a poco de pronunciar esta palabra, y si somos honestos, habremos de explicar qué queremos decir. Porque lo cierto es que “coexistencia” es una de tantas palabras convertidas por su pertinaz abuso en boca de políticos en una especie de agujero negro semántico. Tan generoso y abarcador, que una de las fases de la larga Guerra Fría recibió el nombre –acuñado por Nikita Jrushchov– de “coexistencia pacífica”. Que o es una redundancia o bien apunta a una aporía: que hay “coexistencias belicosas”. Fácilmente se sospecha, por eso, que detrás de “coexistencia” anidan conceptos que quien blande esta palabra prefiere pasar en silencio. Porque si a ver vamos, la “coexistencia” no es otra cosa que la obligación en la que todos estamos de vivir con nuestros congéneres, quizá con la única y ficticia salvedad de Robinson Crusoe (quien además, gracias a Viernes, ni siquiera se libra enteramente de ella). Es preferible, por ello, no rendirle mucho culto retórico, y en todo caso, si de “coexistencia” hay que hablar, decir con la mayor claridad que las hay de muchos tipos, que no todas son deseables, y explicar en qué consiste la que sí nos lo parece. Entonces, sin duda pasaremos a hablar de “derechos” y “libertades” y de “tolerancia” y “respeto”, que son consustanciales a un determinado tipo de coexistencia: la “coexistencia ciudadana” en democracia. La única, por cierto, que se me antoja a la vez comprensible y deseable.
 

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