jueves, 18 de agosto de 2011

Sobre el auténtico sentido del “liberalismo”

El liberalismo sitiado
©Ian Buruma
Fuente: Letras Libres


A partir de un incidente que le ocurrió a E. M. Forster, Buruma reflexiona sobre el auténtico sentido del “liberalismo”, sobre el papel de la tradición liberal en la construcción de la tolerancia en las democracias actuales y sobre cómo enfrentar a los enemigos de la libertad.

A partir de un incidente que le ocurrió a E. M. Forster, Buruma reflexiona sobre el auténtico sentido del “liberalismo”, sobre el papel de la tradición liberal en la construcción de la tolerancia en las democracias actuales y sobre cómo enfrentar a los enemigos de la libertad.
En 1935, el riesgo no podía ser más alto. Hitler gobernaba Alemania. Mussolini llevaba trece años en el poder. En España se gestaba la Guerra Civil. Stalin iba a comenzar sus purgas más sangrientas en la Unión Soviética. Mientras tanto, en París, Louis Aragon, André Gide, Ilya Ehrenburg y otros intelectuales organizaban un Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura.
El riesgo en la cultura también era alto, y no menos en París, donde André Breton golpeó a Ehrenburg, un comunista ferviente, por decir que el arte no era lo bastante proletario. En el Congreso de Escritores, la defensa de la cultura era un sinónimo de la defensa frente al fascismo. Es decir, era un congreso claramente de izquierdas. Ehrenburg saboreó un breve momento de venganza; Breton fue excluido.
El novelista inglés E. M. Forster, uno de los oradores en el Palais de la Mutualité (otros eran Heinrich Mann, Isaak Babel, Bertolt Brecht, Boris Pasternak y Tristan Tzara), no tardó en aburrirse de la acalorada retórica izquierdista. Forster recordaba haber tenido que “aguantar muchos elogios de la cultura soviética y escuchar que el nombre de Karl Marx detonaba una y otra vez como un explosivo bien colocado, y atraía la caída mampostería del aplauso”.
No es raro que su discurso sobre la importancia de la libertad de expresión no lograra excitar a la multitud de colegas intelectuales. Debía de parecer una figura extrañamente pasada de moda, con su traje de tweed, hablando de literatura con una voz suave y atiplada. Los izquierdistas lo consideraban un individualista burgués, irremediablemente desconectado de las importantes luchas de su época. Según un observador compasivo: “Era como si el público considerase al señor Forster, y a todos los que eran como él... tan extintos como el dodo”. (1)

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