jueves, 11 de agosto de 2011

Personajes

El libro de los muertos (Fragmento)
© Elías Canetti


Apuntes contra la muerte (1942-1948)

La promesa de la inmortalidad basta para poner en pie una religión. La pura y simple orden de matar basta para eliminar a tres cuartas partes de la humanidad. ¿Qué quieren los hombres? ¿Vivir o morir? Quieren vivir y matar, y mientras quieran esto tendrán que contentarse con las distintas promesas de inmortalidad.

No hay que silenciar ni siquiera las acciones más perversas de los muertos, a tal punto les interesa continuar viviendo de cualquier manera.

Lo más audaz de la vida es que aborrece a la muerte, y despreciables y desesperadas son las religiones que difuminan este odio.

Si un consejo que tuviese yo que dar, un consejo técnico, tuviera como consecuencia la muerte de un solo ser humano, no podría concederme ya derecho alguno a la vida.

... Por una acción sacrificarían cualquier vida ajena, y a menudo la suya propia. Son los papagayos de los dioses y consultan con ellos sobre las acciones, una de las cuales es siempre grata a los dioses, sobre todo la de matar. Del ritual del sacrificio surgió, según se dice, toda una literatura sapiencial; y así, la sapiencia misma sería hija de la acción. Muchos de ellos creen esto, y para muchos más, la guerra ha ocupado el lugar del sacrificio: la matanza es más preciosa y dura más tiempo. Es perfectamente posible que la acción ya no pueda separarse del matar. Y si la Tierra no quiere perecer en un final grandioso, los hombres tendrían que desacostumbrarse por entero de la acción. Ojalá se sentaran frente a sus casas en ruinas, con las piernas cruzadas, misteriosamente alimentados por su respiración y sus sueños, y sólo movieran un dedo para espantar a una mosca, cuya diligencia los molesta porque les recuerda la antigua época, ya superada y vergonzante, la época de los átomos y de la acción.

Vivir al menos el tiempo suficiente para conocer todas las costumbres de los hombres y todo cuanto les ha sucedido; para recuperar toda la vida pasada, ya que la venidera nos está vedada; para concentrarnos antes de disolvernos; merecer nuestro propio nacimiento; considerar los sacrificios que cada aliento cuesta a otros; no glorificar el sufrimiento aunque vivamos de él; guardar para nosotros solamente lo que no podamos transmitir a otros, hasta que madure para ellos y se entregue espontáneamente; odiar la muerte de cualquiera tanto como la propia; en algún momento hacer las paces con todos mas nunca con la muerte.

En la guerra, los hombres se comportan como si cada uno tuviera que vengar la muerte de todos sus antepasados, y como si ninguno de éstos hubiese fallecido de muerte natural.

¿Cantar? ¿Cantar sobre qué? Sobre las cosas más antiguas y poderosas que están muertas. También la guerra morirá.

No debemos dejarnos atemorizar por los melancólicos. Padecen de una especie de trastorno digestivo hereditario. Se quejan como si hubieran sido devorados y estuvieran en un estómago extraño. Jonás mejor hubiera sido Jeremías. Y así, desde ellos habla propiamente lo que tienen en el estómago. La voz de la presa asesinada pinta la muerte en tonos muy atractivos. «Ven donde estoy yo», dice, «donde yo estoy está la putrefacción. ¿No ves cómo amo la putrefacción?» Pero incluso la putrefacción muere, y el melancólico, recuperado de pronto, sale a cazar bruscamente y sin pensárselo mucho.

Desde hace muchos años nada me ha inquietado ni colmado tanto como el pensamiento de la muerte. El objetivo serio y concreto, la meta declarada y explícita de mi vida es conseguir la inmortalidad para los hombres. Hubo un tiempo en el que quise prestar este objetivo al personaje central de una novela al que, para mis adentros, llamaba el «Enemigo de la Muerte». Pero durante esta guerra me he dado cuenta de que es preciso expresar directamente y sin disfraces las convicciones de este tipo, que constituyen propiamente una religión. Por eso ahora voy anotando todo lo que guarda relación con la muerte tal y como quiero comunicárselo a los demás, y he dejado totalmente de lado al «Enemigo de la Muerte». No pretendo decir con esto que las cosas vayan a quedar así; tal vez el personaje resucite en años venideros de manera distinta a como yo me lo había imaginado. En la novela debía fracasar en su desmesurada empresa; pero le estaba reservada una muerte honrosa: un meteoro iba a ser el encargado de liquidarlo. Quizá lo que más me moleste hoy sea el hecho de que tuviera que fracasar. No puede fracasar, no le está permitido. Si bien tampoco puedo dejar que triunfe mientras los hombres siguen muriendo por millones. En los dos casos lo que estaba pensado como algo serio y amargo termina resolviéndose en pura y simple ironía. Debo burlarme de mí mismo. Nada se consigue enviando cobardemente a un personaje por delante. En este campo del honor me es lícito caer, aunque luego me entierren como a un perrito anónimo, me desacrediten como a un loco furioso y me eviten como a un sufrimiento amargo, pertinaz e incurable.

A cuántos les va a merecer la pena vivir aún, cuando la gente ya no muera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada