martes, 16 de agosto de 2011

El mundo, sus desatinos (II)

La derrota de los victoriosos
©Ariel Segal


En días recientes se han publicado algunos artículos sobre el aniversario 69 del llamado “Partido de la Muerte”, en el cual un grupo de ex futbolistas del Dinamo y el Locomotiv de Kiev que realizaban partidos contra equipos locales de la ciudad, en la Ucrania ocupada por los nazis, fueron convocados a un par de partidos contra una selección de militares élite de las fuerzas aéreas alemanas de la Luftwaffe y de las SS, al cual llamaron el Flakelf. Tras realizarse una liga creada en 1942 con la participación de cuatro equipos del Eje (las tropas aliadas al régimen Nazi), una del Rukh – colaboracionistas locales de los ocupantes – y el equipo de ex futbolistas ucranianos al cual se le permitió participar con el nombre de FC Start, los alemanes jamás pensaron que esos jugadores desmoralizados a quienes querían humillar, ganarían el campeonato manteniéndose invictos, al derrotarlos en su último juego por 5 a 1. Ante la derrota, el equipo nazi pidió revancha y no estaban dispuestos a permitir una nueva humillación ante los fanáticos citadinos en el siguiente partido que se realizó en el Zenit Stadium, hoy llamado Start Stadium en homenaje a ese improvisado equipo.
La historia de lo que ocurrió en el partido de revancha está repleta de leyendas que hacen difícil recrear lo realmente ocurrido, y lo único que se sabe a ciencia cierta es que el equipo ucraniano – en ese entonces, parte de la Unión Soviética (URSS) – volvió a derrotar al alemán, esta vez por 5 a 3, a pesar de que se les amenazó de muerte en caso de ganar. (La película Fuga a la Victoria de John Huston se basa en esta historia cambiando radicalmente a los protagonistas y el desenlace con una guinda hollywoodense. (Ver). Para detalles de lo ocurrido durante el partido: (Ver)
Luego de la II Guerra Mundial la URSS creó una mitología en base a los futbolistas del FC Start con el mismo propósito con que los Nazis utilizaban el deporte con fines propagandístico y el régimen de Stalin adujo que todo el equipo había sido fusilado, luego del partido, por el ejército alemán. De esta manera un grupo de heroicos soviéticos habían arriesgado su vida por el honor de, al menos, proporcionar una derrota simbólica al enemigo. Esta versión oficial, propagada por la prensa, en un monumento a la memoria de los jugadores en el Start Stadium y en dos películas soviéticas, es citada por Eduardo Galeano en su libro El futbol a sol y sombra (1995), en el capítulo “La pelota como bandera”, quien asegura, por error u omisión, que los once jugadores fueron fusilados con sus camisetas puestas, en lo alto de un barranco, cuando el partido terminó.
Lo que ocurrió con los futbolistas ucranianos en la realidad fue corroborado por el periodista inglés Andy Dougan en su libro Dinamo: Defendiendo el honor de Kiev (2001) poniendo en evidencia que la mayoría de los jugadores habían sobrevivido como prisioneros de guerra en el campo de concentración de Siretz, pero considerados colaboracionistas por la URSS por jugar esos partidos, tras la guerra se les obligó a mantener silencio para que se creyera que todos habían sido ejecutados mientras que deambulaban por Kiev con hambre, frío y sin trabajo.
Dougan logró entrevistar al único sobreviviente del FC Start que aún vivía luego de la caída de la URSS, Makar Goncharenko, quien lúcidamente le negó sentirse un héroe y contó: “Mis amigos no murieron porque fueran grandes jugadores, murieron como tantos otros porque dos regímenes totalitarios se enfrentaron. Estábamos condenados a ser víctimas de una masacre a gran escala”.
Bajo cualquier dictadura, de derecha o izquierda, atreverse a ser lo que uno es, y hacerlo de la mejor manera, es un crimen que se paga si no se hace al servicio del estado, como le ocurrió a los futbolistas victoriosos del FC Start, que hasta el fin de sus días fueron enemigos para algún régimen. Por algo, el escritor húngaro Sándor Márai en su ensayo “Tierra, Tierra” afirmó que los artistas talentosos – y vale para cualquier ocupación – son un peligro para los estados totalitarios.

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