viernes, 8 de julio de 2011

Opinión

La revolución 2.0 salió a la calle
© Juan Pablo Sioffi / La Nación Revista

“Si quieren liberar a una sociedad, no tienen más que darle Internet." La frase parece salida de algo así como El principito 2.0 o una publicidad de celulares. Pero antes de subestimarla, conviene saber que pertenece a Wael Ghonim, la cara más visible del levantamiento popular en Egipto. Este empleado de Google creó un grupo en la red social Facebook llamado Todos somos Jalid Said (We are all Khaled Said), en honor a un joven muerto tras una golpiza policial. La página se convirtió en una asamblea virtual que reclamaba la democratización de Egipto. Cuando las movilizaciones inundaron las calles de El Cairo, el gobierno arrestó a Ghonim. La presión internacional por su liberación le dio más fuerza a las protestas callejeras que forzaron la caída del régimen de Hosni Mubarak. En reportaje a CBS News, le consultaron a este héroe egipcio qué importancia le daba a las redes sociales en la resolución del conflicto. "Sin Facebook, Twitter, Google o You Tube, esto nunca hubiera pasado", respondió.
La influencia de Facebook y Twitter en las grandes movilizaciones de Medio Oriente generó, paradójicamente, fundamentalistas de uno y otro lado. Los ciberescépticos son liderados por el pensador y periodista Evgeny Morozov, quien en el libro El engaño de la red (en inglés, The Net Delusion) se aboca a derrumbar todas las esperanzas de los ciberutópicos, a quienes les achaca desconocer la eficacia de la propaganda política en la red y la inversión de los gobiernos autoritarios en sistemas de censura online. Del otro lado de la trinchera le responde el líder de los optimistas, Clay Shirky. El investigador y profesor de la New York University se paró frente la audiencia del TED para explicar que las redes sociales encarnan la quinta revolución en la historia de los medios de comunicación (luego de la imprenta, el teléfono, la grabación de imagen y audio, y por último, el aprovechamiento del espectro electromagnético con la radio y la televisión).

¿Política virtual?
De pie frente a los indignados de la plaza de Cataluña, el sociólogo Manuel Castells tiene algo para decir: "En la medida en que hay un cambio en el entorno de la comunicación y la tecnología, cambian los procesos de comunicación. Por consiguiente, cambian las relaciones de poder". Los consumidores que producen mensajes superan en número a los emisores tradicionales. Pero ésa no es la gran transformación 2.0. Ahora los miembros de la audiencia pueden hablar entre sí, sin intermediarios. "En términos políticos, el acceso a la información es mucho menos importante que el acceso a la conversación", explica Clay Shirky.
Las redes sociales sirvieron para articular movimientos y voluntades durante la caída de Ben Ali en Túnez y de Mubarak en Egipto, las luchas en Libia, las filtraciones de WikiLeaks y las acampadas en La Puerta del Sol. En alrededor de seis meses, demasiados trending topics como para subestimar su papel en la historia.
"Ni Facebook ni Twitter: son los fusiles", tituló Moisés Naím en su columna del diario El País. Este prestigioso comentarista sobre globalización o mercenario de la ultraderecha (según donde se ponga la oreja) no cree demasiado en la influencia de las redes sociales en Medio Oriente. Argumenta, pregunta y se responde: "Al final los que definen cuándo y cómo muere una dictadura son los militares. ¿Y qué tiene que ver Internet con todo esto? Mucho menos de lo que estamos leyendo y oyendo en las noticias". En la cruzada desmitificadora lo acompaña Malcolm Gladwell, escritor y periodista, que explica en un provocador artículo, Por qué la revolución no será twitteada, que la historia se escribe con gente dispuesta a morir y no con mensajes de 140 caracteres.
Por supuesto, nadie puede pasar por alto la autoinmolación de un desempleado en Túnez, la muerte de un bloguero egipcio apaleado por la policía, el robo de documentos secretos del gobierno estadounidense y la flagrante desocupación en España. Pero la repercusión exponencial de estas chispas sociales sólo se pudo dar gracias a las redes. Los gobiernos autoritarios no lograron canalizar, controlar o silenciar las revueltas. Mucho menos las democracias tradicionales.
La humanidad está en pleno pasaje "de un sistema de comunicación de masas centrado por los grandes medios de comunicación a un sistema de autocomunicación de masas a través de Internet y las redes móviles", explica el erudito Manuel Castells en la plaza para unos cientos de indignados. El resto del planeta se entera por You Tube.

Facebook vs. dictadura
Los regímenes totalitarios no deberían alegrarse por la existencia de Internet y las redes sociales, ya que sirven como "canal de comunicación para un montón de movimientos sociales que en otro momento de la historia hubiesen tardado mucho más en movilizarse", explica Alvaro Liuzzi, investigador en Medios Digitales y autor del Proyecto Walsh (http://proyectowalsh.com.ar), que recrea a través de la Web y las redes sociales el trabajo de investigación que Rodolfo Walsh hizo a partir de los fusilamientos de José León Suárez a mediados de la década del 50.
Su trabajo sirve para reflexionar sobre cómo hubieran influido las herramientas digitales de hoy durante la dictadura del 76 al 83, la Guerra de Malvinas, la crisis de 2001 y las grandes tragedias argentinas. "Antes la información terminaba en un embudo. Afuera del país se podían publicar cosas, pero dependían del rebote local, de la interpretación que le diesen los grandes medios. Eso ahora no pasaría", reflexiona Liuzzi.
El historiador Felipe Pigna es más prudente a la hora de evaluar el rol de las redes sociales, pero reconoce una gran aceleración de los tiempos de la historia, que se vuelve "cada vez más contemporánea". Al igual que Liuzzi, considera que "un proceso como la dictadura ya no se podría replicar de igual forma con la tecnología actual". Señala a la Guerra de Malvinas como un caso paradigmático: "Si en esa época hubiésemos tenido, al menos, la televisión por cable, el apoyo de la opinión pública hubiese durado apenas unos días".
El debate de fondo se puede resumir en una pregunta: ¿las nuevas herramientas favorecen a los sistemas de control o a la democratización de la sociedad? "Las redes escapan al poder porque están desfragmentadas, es imposible controlarlas", responde Liuzzi, quien recuerda las dificultades que debió resolver Rodolfo Walsh para publicar sus avances o contactarse con los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez. En lugar de depender de la periodicidad de las revistas, el periodista hubiera tenido un espacio online "para publicar sin la intermediación de un medio tradicional de comunicación", dice el comunicólogo. "Walsh utilizó un seudónimo hasta que se publicó Operación Masacre, hoy tal vez escribiría un blog anónimo", agrega.
Aquí se podría citar a Sun Tzu en El arte de la guerra: "Si el enemigo no conoce nuestra posición, tendrá que prepararse para muchos puntos distintos".
No sólo los tiempos de publicación eran más lentos, sino que a partir de 1976 cada emisario estaba en verdadero peligro al trasladar determinada información. "Ahora hubieran hecho un desastre con un tweet o simplemente con un mensaje de texto", se entusiasma Liuzzi y, aceptando el juego imaginativo, se anima a especular que "Walsh hubiera sido un gran twittero, tiene gran contundencia en cada frase. En menos de 140 caracteres el tipo te plasma una idea. Eso en Twitter vale un montón".
Pigna le otorga a Twitter un valor "testimonial", ya que el mensaje es ?"demasiado breve". Pero eso no le impide observar el carácter democratizador de las redes sociales y las aplicaciones digitales: "La proliferación de la tecnología y estos nuevos medios de comunicación son lo mejor que nos puede pasar. Los hechos de Medio Oriente y España demuestran la utilidad social que tienen esas redes. Pero son herramientas que pueden ser utilizadas para bien o para mal".
Manuel Castells observa que se está atravesando un proceso fundacional en la comunicación horizontal, y destaca "la capacidad de cada persona de emitir sus mensajes, elegir los que desea recibir, organizarse con otras personas en redes cuyos contenidos son definidos autónomamente". Por supuesto, el sociólogo no pierde de vista que el cambio "se da en un entorno dominado por las empresas de telecomunicaciones. Pero aun en ese espacio hay posibilidades de diálogo infinitamente mayores que las que había en el espacio tradicional de los medios de masas".

Elogio de la comunidad
Las redes sociales se tejen con diálogos horizontales, pero eso no impide que ocasionalmente puedan servir de malla de contención para un líder. Wael Ghonim en Egipto y Julian Assange en WikiLeaks se alzaron sobre la comunidad de iguales y se convirtieron en héroes. Pero el apoyo recibido por uno y otro fue bien distinto.
La desaparición del ejecutivo de Google se convirtió en una prioridad de los gobiernos y las organizaciones de derechos humanos. Cuando el presidente Mubarak cortó Internet, tanto Google como Twitter pusieron recursos de emergencia para esquivar la censura y mantener viva la protesta digital. Assange no contó con el mismo apoyo una vez que reveló los primeros secretos de Estado. "WikiLeaks me pareció una experiencia muy interesante, que comprometió a la prensa a hablar de cosas que no se querían mencionar: Guantánamo, Irak, fusilamientos en Kenya, bancos corruptos en Finlandia", dice Felipe Pigna.
Pero asfixiado por la vía judicial y financiera, Assange no recibió ayuda de las empresas punto com. Paypal le cerró la cuenta para recibir donaciones, Facebook cerró perfiles de grupos de seguidores y Amazon le quitó el alojamiento del sitio.
Más allá de la suerte de uno y otro, el mundo 2.0 parece más preparado para apoyar a un movimiento social que a un héroe individual. El investigador Clay Shirky señala que la complejidad de la red es "proporcional al número de participantes". Los héroes individuales son atrapados, pierden el cobijo virtual y deben ser salvados gracias a más esfuerzos individuales.
Por eso Manuel Castells recomienda evitar el arrojo personal y mantenerse prudentemente dentro de la comarca. Con humildad lanza su slogan a la plaza: "Miedosos de todo el mundo, uníos los unos a los otros en la Red. Enredaos. Porque sólo así podréis perder vuestro miedo".
El senador estadounidense John McCain afirmó que Mark Zuckerberg es un "héroe nacional" en Egipto y Túnez, debido al rol que jugó Facebook en las recientes protestas.
Rápidamente, Mark Zuckerberg rechazó el piropo y aclaró que su empresa "no fue necesaria ni suficiente" para lanzar las revueltas populares en Medio Oriente.
El joven innovador suele negociar millones de dólares en chancletas, pero su rebeldía llega hasta ahí. La Facebook Revolution no combina con su modelo de negocios. Por el contrario, las veces que su plataforma intervino lo hizo para seguir siendo políticamente correcta o directamente para acallar las adhesiones a WikiLeaks.
Pero, le guste o no a Zuckerberg, Facebook se ha convertido en una plataforma para la gestación de movimientos sociales, no importa cuál sea su ideología. Ese espacio está sirviendo, por ejemplo, tanto para organizar a los indignados de la madrileña Plaza del Sol como a los argentinos de 678 Facebook.
Un español crea un grupo en la red social para compartir su indignación ante la falta de oportunidades en su país. Se le une más gente y comienzan a discutir ideas. Luego marcan un evento para verse las caras. La cosa sigue creciendo y los espacios de reunión deben ser cada vez más grandes. El M-15 desborda Facebook y copa las calles. Las redes lo difunden y el movimiento se multiplica en varias ciudades. Entonces, los indignados tuvieron que organizarse y empezar a discutir una plataforma de reformas imprescindibles. Rápidamente, entendieron el valor de la Red y evitaron las charlas mano a mano con el periodismo. Sólo conferencias de prensa y comunicados, para que nadie se destaque por sobre el resto.
Como en un juego de espejos invertidos, los miembros de 678 Facebook se acercaron al fogón virtual no tanto para debatir ni reclamar puestos de trabajo, sino para construir un espacio de identidad. También tuvieron su M-12, cuando en marzo de 2010 salieron a la calle "por razones políticas menos atadas a una reivindicación puntal: fueron a defender lo hecho por un gobierno y sus máximos dirigentes", como señala Beatriz Sarlo en su libro La audacia y el cálculo. A diferencia de los perfiles de Democracia Real Ya y otras organizaciones españolas, los miembros de 678 Facebook no necesitan elaborar plataformas ni pulir reivindicaciones. Simplemente se trata, según palabras de la ensayista, de un espacio de "autoafirmación de una audiencia". Agrega: "La identidad sostenida en una red social es una de las formas de las identidades contemporáneas", para luego atinar una explicación al fenómeno de las redes sociales: "Se crea un sentido de comunidad, un barrio electrónico de desconocidos que se tratan con entera confianza y que, como no están disputando por nada, pueden sentirse unidos por la ideología y singularmente hermanados."

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