jueves, 7 de julio de 2011

Opinión

El Fascismo:
Una vieja-nueva amenaza
@ Carlos Kohn


A pesar de que muchos intelectuales y analistas políticos -de una manera demasiado entusiasta y apresurada- dirigieron sus esfuerzos teóricos a decretar la “muerte de las ideologías” (Daniel Bell) y el “fin de la historia” (Francys Fukoyama), tras conocerse y denunciarse las atrocidades cometidas por los nazis, antes y durante la 2a Guerra Mundial, y los crímenes de Stalin, en la URSS, “un fantasma –como diría Karl Marx- (aún) recorre el mundo”. Pero, lamentablemente ni es un fantasma, ni, obviamente, se trata del comunismo. Para sorpresa de los ingenuos, el ‘Ave Fenix negro’ ha emergido de sus cenizas con mucha virulencia: los movimientos y actitudes fascistas.
En efecto, y para seguir parafraseando a Marx: “De este hecho resulta una doble enseñanza: Que el ‘fascismo’ (C.K.) ha de asumirse como una fuerza por todas las potencias del mundo; y que ya es hora de que tomen en cuenta sus conceptos, sus objetivos y sus aspiraciones”, con el fin de contrarrestar no al ‘fantasma’, sino al movimiento político que debe ser clara y decididamente expuesto.
Sin embargo, a más de 8 décadas de la aparición del término en la Italia del Mussolini revolucionario, aún no existe su definición precisa, ni una caracterización suficientemente satisfactoria del fenómeno. Algunos de los sinónimos que se le endilgan suelen ser: totalitarismo (Giovanni Gentile definió al fascismo, en 1925, como “lo Stato Totalitario”), populismo, chauvinismo, irredentismo, postura reaccionaria, etc. Aunque todos estos referentes caracterizan, en buena medida, a los movimientos fascistas, los contextos históricos y culturales varían de tal manera, en cada caso, que resulta extremadamente difícil su identificación.
Para mostrar esta dificultad con ejemplos ya clásicos en la historia política del siglo pasado, acudamos primero a los más paradigmáticos: Así, la mayoría de los historiadores concuerdan en calificar al nazismo como un subconjunto particular (más extremista) del fascismo. Sin embargo, para algunos pensadores más vehementes como Hannah Arendt, el nazismo se asemeja mucho más al estalinismo. Por otra parte, algunos autores –erróneamente a mi parecer- califican a los militares de derecha como fascistas, dando como ejemplos a Franco, Perón y Pinochet, entre otros, pero ni el fascismo italiano ni el alemán se apoyaron en una corriente militar activa, sino lograron, por el contrario, subordinar por completo el poder militar al dominio del líder (Duce / Fuhrer) y a las élites civiles o para-militares plegadas a la doctrina. Otros autores suelen identificar también a los movimientos populistas, sobre todo los latinoamericanos, como una variante local de fascismo. Tal vez pudiera aceptarse esta tesis para ciertos casos, como el ya mencionado peronismo, el ‘Estado Nuevo’ de Getulio Vargas, en Brasil y, sin lugar a dudas, el todavía activo Movimiento Nacional Socialista de Chile, fundado en 1932 por Jorge González von Marées. Pero no puede decirse ciertamente lo mismo de movimientos populistas más afines a las posturas de ‘izquierda’, como por ejemplo el caso del APRA en Perú o el movimiento zapatista de México.
Tal vez, el rasgo más característico o la constante del fascismo es el nacionalismo, que Hannah Arendt describe como una “perversión del estado en un instrumento de la nación [a través] de la transposición del ciudadano en miembro de la nación”. (The Origins of Totalitarianism, p. 231.) Para esta filósofa judía, el principio exclusivo y excluyente de identidad nacional, fundamentado en un sólo artificio, sea éste el nacimiento, la raza, la religión, o cualquier otro, ofende al principio de la diversidad cultural y a la pluralidad de ideas, al subsumir la identidad en la unidad mística de la nación, membresía de la que son excluidos no sólo los que no reúnen los ‘requisitos’ para calificar en la definición, sino también todos aquellos que no comulgan con tal ideología. De esta situación emergió el duro destino de las ‘minorías nacionales’ en los estados europeos de entre-guerra, y que nuevamente recrudece en nuestros días; en el mejor de los casos reducidos a un estatus de ciudadanos de segunda clase y en el peor, sometidos a expulsiones en masa de sus hogares y países.
Arendt también denomina al nacionalismo como la más peligrosa forma jamás asumida por el absolutismo político. Según ella, los exponentes revolucionarios franceses del nacionalismo, de hecho, pusieron a la nación en lugar de la monarquía absoluta. (On Revolution, p. 195.). De allí que, si Arendt estuviera viva consideraría, con toda seguridad; a Le Pen como un fiel seguidor de Robespierre, o mejor aún, como un explosivo cóctel en el que se mezcla una buena dosis de Anti-dreyfusianismo y jacobinismo.
Según Arendt, todo absolutismo político, todo despotismo, toda soberanía, es una perversión de la política, la cual no es otra cosa que el diálogo entre iguales que se respetan en sus diferencias; es decir, entre ciudadanos de distintas culturas y creencias que habitan una comunidad de comunicación. La perversión del fascismo surge en parte, de la historia intelectual Occidental, de una confusión entre acción (política) y la mera actividad productiva de bienes y servicios para lograr un cómodo bienestar. El ejemplo más importante de este error se encuentra en Hobbes, con su visión de la política como autárquica y despótica, que entiende al reino político como aquel en el que el gobernante rige y las personas obedecen, que es precisamente lo que lo acerca al desideratum del fascismo; a saber, la actitud del hombre súbdito, el que acata a-críticamente a la autoridad o se somete a una ideología. (The Human Condition., p. 161).
La objeción de Arendt hacia el despotismo de los políticos fascistas no es meramente que ellos pueden actuar cruel y opresivamente, sino que, sobre todo, aún si ellos no lo hacen, destruyen la libertad humana (la propia, así como la de sus súbditos), al negarles su capacidad de acción, en un marco de respeto a la pluralidad, y por lo tanto destruyen la verdadera esencia de la condición del hombre, que no es otra que el ejercicio de su libertad.
Como se puede observar, esta caracterización de Arendt es válida para detectar en movimientos, partidos, o aventureros de la política, una inclinación hacia el fascismo, a pesar de las grandes diferencias y distancia, en tiempo y lugar, tanto entre los casos que hemos mencionado, como en otros. Más aún, Arendt nos ofrece un excelente y muy completo kit de instrumentos de análisis, para prevenir y combatir el afloramiento de nuevas manifestaciones de este flagelo, uno de los más terribles de la humanidad actual.

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