miércoles, 29 de junio de 2011

Opinión

No es solo un recuerdo
© Ildemaro Torres / Especial para este blog

El encuentro de Leoncio Martínez-LEO y Francisco Pimentel-JOB PIM en la empresa que los fascinaba, de publicar la revista humorística semanal Pitorreos (fundada en mayo de 1918), es uno de los más significativos en la historia del humorismo venezolano, porque esa amistad extraordinaria, profunda, que los unió, se tradujo en una obra de gran aliento que de hecho ha influido en forma determinante, en cuanta obra humorística ha sido realizada desde entonces entre nosotros.
A su vez el semanario Fantoches, fundado en 1923, representa la obra maestra de LEO; es allí donde él va a dar lo mejor de su capacidad creativa y a adueñarse para siempre de la admiración y el aprecio colectivos; a juicio de Aquiles Nazoa, Fantoches es el documento más fidedigno de la era gomecista, tanto por lo que dice como por lo que fue obligado a callar.
LEO fue alumno de Emilio Mauri en dibujo, y la formación adquirida en la Academia de Bellas Artes contribuyó a su desempeño como humorista gráfico; el LEO dibujante parecía reservar la belleza para las ilustraciones, mientras que en las caricaturas era evidente su regusto por la fealdad de los personajes, visto lo cual y conocidas las críticas al respecto Nazoa ensayó esta explicación: “Si no la hay en las caricaturas es porque no podía haberla, pues se trataba de retratar a un pueblo y a un país estrangulados por el hambre, las enfermedades, la ignorancia y la represión inmisericorde de una dictadura cruel hasta más allá de la imaginación; en una palabra, un pueblo y un país necesariamente feos”.
Nada fácil ha sido el camino recorrido por nuestro humorismo a lo largo de los años, sorteando incomprensiones, ignorancia, prepotencia o abusos, o todo ello junto, de parte de más de un gobernante; y teniendo la censura como amenaza o como fenómeno despótico concreto cual indeseable compañía, o padeciéndola en sus diversas formas, desde el silencio impuesto y los allanamientos con destrucción de imprentas, hasta la encarcelación de los creadores.

LEO, JOB PIM y Nazoa asumieron a lo largo de la vida una posición digna, dentro de una suerte de Código de Etica que todos ellos celosamente cumplieron, poetas y humoristas de una actitud gallarda que los llevó a sufrir persecuciones, cárceles y exilios, pero también a tener en común el reconocimiento y el afecto del pueblo.
Y en este devenir no es descartable que haya algún Presidente (o elemental caudillo) que por soberbia, arrogancia o simple carencia de sentido del humor, y por tener en su corte a dos o tres humoristas conocidos aunque convertidos en devotos panegiristas suyos, llegue a creer que todos los creadores de humor están de su lado y a su servicio, y en base a ello recriminar a quien no comparta esa devoción, o a incurrir en la grave falta de agredirlo, sin saber ni intuir lo lapidaria que puede ser la respuesta que un humorista talentoso sabe dar, a despecho de cuán irascible sea el mandatario o cuán pertrechado esté –si de un militar se trata- de sables y cañones.
Una nota en la biografía de LEO publicada por el Concejo Municipal del Distrito Federal, en 1976, nos dice: “Como poeta propiamente dicho, como poeta de su patria, transido de pasión civil, nos legó aquel hombre extraordinario uno de los más grandes poemas que haya producido la literatura venezolana y que nos da de verdad el drama interior de un venezolano que contempla impotente el dolor y la miseria y la ignorancia en que se consume su pueblo”. El poema se titula Balada del preso insomne, y el mismo texto citado agrega: “LEO aquí, bien puede ser comparado, como lo hizo Mariano Picón Salas, con el mejor Francois Villón de la Balada de los ahorcados, especialmente”.
He aquí el poema de LEO:

Balada del preso insomne

I
Estoy pensando en exilarme,
en marcharme lejos de aquí
a tierra extraña donde goce
las libertades de vivir:
sobre los fueros: hombre-humano
los derechos: hombre-civil.
Por adorar mis libertades
esclavo en cadenas caí;
aquí estoy cargado de hierros,
sucio, famélico, cerril,
enchiquerado como un puerco,
hirsuto como un puerco-espín.
Harto en el día de tinieblas
asomo fuera del cubil
bien la cabeza, bien un ojo,
bien la punta de la nariz;
temeroso de un escarmiento,
encorvado, convulso, ruin,
-como ladrón que se robase
sólo el reflejo de un rubí-
por mirar brillando en el patio
el claro sol de mi país.

II
¡Sol para iluminar ensueños
de vastos campos sin confín,
del cielo abierto a la esperanza,
de las alas tendidas. Y
aquí alumbra torvas miserias,
venganzas crueles, odio vil
y un dolor que no acaba nunca
ante otro dolor por venir…!
¡Oh la bendita tierra extraña
donde nadie sepa de mi!
a donde llegue de atorrante
sin ambiciones de Rothschild
con la mediocre burguesía
¡de que me dejen existir!
Hablaré mal en otro idioma,
comeré bien otros menús,
y alguna tarde arrellanado
en mi sillón de marroquín,
viendo a través de los cristales
un cielo de invierno muy gris,
pensaré en los muertos amados,
en los amigos que perdí,
en aquella a quien quise tanto
con la vesania juvenil
de cuando iluminó mis sueños
el claro sol de mi país.

III
Estoy pensando en exilarme,
me casaré con una miss
de crenchas color de mecate
y ojos de acuático zafir;
una descendiente romántica
de la muy dulce Annabel Lee,
envanecente en las caricias
y marimacho en el trajín,
y que me adore porque soy
tropical como el mono tití…
Que me pregunte ingenuamente
-¡y no la habré de desmentir!-
cómo es cierto que en Venezuela
los coches de la gente chic
los tiran parejas de tigres,
de tigres “tamaños así…”
(y la altura de un elefante
marcará su mano pueril).
¡Qué fantasías desarrolla
El claro sol de mi país!

IV
Mis hijos han de ser gimnastas
con el ímpetu varonil
de quien tiene libres los músculos
libres el pensar y el sentir,
pues nacerán en tierra extraña
y no en la tierra en que nací;
y mis nietos, gigantes rubios,
de cutis de cotoperiz,
bíceps y espíritus de atletas
con volubilidad infantil,
puede que sí se me parezcan,
tal vez tengan algo de mí:
la realidad de mis ensueños,
la mentira de mi sufrir.
¡Pero en vano entre sus cabellos
hundiré mi mano febril,
echaré hacia atrás sus cabezas
y buscaré, sin conseguir,
en el fondo de sus miradas
el claro sol de mi país!

V
Y cuando ya, siempre extranjero,
descanse más libre por fin,
y tenga lo que a mí me niegan:
la libertad del buen dormir,
en un cementerio evangélico,
cubierto por el cielo gris,
allá que no hay flores al año
sino una vez, mayo o abril,
a falta de la cruz de té,
del nardo, la rosa o el lys,
colocarán sobre mi tumba,
grabado a rasgos de buril,
un versículo de la Biblia
o alguna corona de zinc.
Y ya muchos años más tarde,
muy cerca del año 2.000,
mis nietos releyendo las fechas
de mi muerte y cuando nací,
repetirán lo que a sus padres
cien veces oyeron decir:
-¡y le darán cierta importancia!-
“el abuelo no era de aquí,
“el abuelo era un exilado,
“el abuelo era un infeliz,
“el abuelo no tuvo patria,
“no tuvo patria…” ¡Y ellos sí!

VI
¡Ah, quién sabe si para entonces,
ya cerca del año 2.000
esté alumbrando libertades
el claro sol de mi país!

Imágenes tomadas de: Historiografías

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