martes, 21 de junio de 2011

Opinión

¿Puede la muerte acabar con el terror?
Por ©Carlos Armando Figueredo

Fotografía captada en Brooklyn el 11 de septiembre de 2001.
Al fondo, Maniatan humea tras el ataque a las Torres Gemelas.
Thomas Hoepker / Magnum Photos

La siembra del terror es la meta del terrorismo. El terror, así como otras formas de violencia política han sido estudiados desde sus manifestaciones en el mundo desde fines del siglo dieciocho hasta los tiempos actuales. Ahora bien, el terrorismo como organización para sembrar el terror se vienen estudiando desde mediados del siglo XIX.
Michael Burleigh, investigador de las universidades de Oxford y Cardiff y en la London School of Economics en su libro Blood & Rage. A Cultural History of Terrorism, traducido al español bajo el título Sangre y Rabia. Una Historia Cultural del Terrorismo (1), analiza el terrorismo de los fenianos irlandeses; de los nihilistas y revolucionarios rusos; de los anarquistas; en los procesos de descolonización; del septiembre negro; de las brigadas rojas en Italia; en los países pequeños y el que produce la “rabia mundial”: el terrorismo islámico.
En la historia del terrorismo, tan bien documentada en el antes citado libro de Michael Burleigh, así como en el libro editado por Martha Crenshaw, Terrorism in Context, del cual luego se citan extractos, se observa como las acciones de los terroristas causan muertes contempladas pero también indiscriminadas. Vemos también como el combate del terrorismo por parte de los Estados que lo sufren causa muertes contempladas y muertes indiscriminadas. Se observa igualmente que la violencia mortífera de los terroristas no logra que tengan éxito en los objetivos que buscan a través de terror, los terroristas no logran alcanzar el fin que justifique el empleo de los medios ultra violentos de los que se valen. Puede decirse lo mismo respecto del combate que libran contra el terrorismo los Estados que lo sufren.Una característica común de las organizaciones terroristas referidas por Michael Burleigh en su libro ya citado es que lograron alcanzarlas metas que se habían propuesto, mediante el uso de violencia extrema causante de terror. Tampoco pudieron derrotarlos los Estados tan sólo recurriendo a la violencia. Las muertes causadas por los terroristas se enfrentaban a las muertes de la represión estatal pero ni las unas ni las otras lograban el resultado. Esos movimientos empezaron a fracasar a medida que perdían el reconocimiento y el apoyo de las sociedades que ellos pretendían liberar de los supuestos dominios a los que estaban sometidas. Fueron perdiendo fuerza con las deserciones de sus miembros que querían salvarse o que dejaron de creer en sus dirigentes. Las estrategias y las acciones de los gobiernos fueron cambiando. Se logró la paz mediante cambio en las circunstancias propiciadoras de la acción terrorista, mediante negociaciones mutuamente aceptables para las partes en contienda, auspiciadas en algunos casos por “comisiones de la verdad”.
Estamos viendo, en cambio, hoy día, manifestaciones de terrorismo causantes de miles y miles de muertes indiscriminadas que no parecen perder fuerza con la represión gubernamental, causante igualmente de demasiadas muertes, con frecuencia indiscriminadas. Me refiero al terrorismo islámico que se manifiesta a través de organizaciones como Hezbollah, los grupos terroristas palestinos y, sobre todo, a través de Al-Qaeda. Una de las razones de la carencia del éxito ansiado en la lucha contra este tipo de terror puede que sea lo que nos recuerda Harry Czechowicz en un trabajo publicado por la Fundación Venezuela Positiva:

El alcance expandido de las armas y la cobertura de los medios de comunicación ha potenciado los efectos psicológicos —el terror— del terrorismo.
El impacto del terrorismo ha sido también muy magnificado por los medios de comunicación. Cualquier acto de violencia atrae la cobertura televisiva y es transmitido a millones de espectadores. Este alcance masivo ha determinado la utilización del terror como una manera de proporcionar las demandas, quejas u objetivos políticos de una organización particular. (2)

La organización Al-Qaeda, causó la más absoluta indignación, el reproche y el llamado al castigo por parte de la comunidad internacional —salvo muy contadas excepciones— por el ataque, por ella concebido, preparado y ejecutado contra las Torres Gemelas de Nueva York, el Pentágono en Virginia y el concebido contra Washington que culminó con el avión secuestrado que, por acción de valentía suprema de pasajeros se estrelló en Pennsylvania, todo el 11 de septiembre de 2001. El cerebro de esos actos del terror más espantoso, y de muchos otros más, fue Osama Bin-Laden, hecho éste que él mismo reconoció.
Desde el mismo 11 de septiembre el gobierno de los Estados Unidos le declaró la guerra a Al-Qaeda, considerada como el principal y más temible riesgo para la seguridad de la nación. Ello condujo a la intervención militar en Afganistán, ordenada por el Presidente Bush y hasta ahora apoyada decididamente por el presidente Obama. Se pensaba que con la eliminación del gobierno talibán se le infligía un muy duro golpe a Al-Qaeda, considerada como parte integrante de todo el movimiento talibán. No había duda sobre el hecho de que Osama Bin-Laden operaba en Afganistán entrenando a los talibanes en uso de armas, tácticas bélicas y acciones terroristas. Como una ironía, hay que recordar que fueron los propios norteamericanos que prepararon y ayudaron a Osama para que luchara en Afganistán, junto con los Mujadín, contra los soviéticos invasores.
Se pensaba que con la intervención de fuerzas militares occidentales se iba a acabar con los talibanes e incluso liquidar a Bin-Laden supuestamente refugiado en cuevas en la región de Kandahar, cerca de la frontera con Pakistán. No se ha logrado el resultado previsto y, a pesar de que en Afganistán hay un gobierno considerado amigo de Occidente, el terror causado por los talibanes sigue presente y se extiende a Pakistán. Al Qaeda, por otra parte, ha seguido sembrando el mismo terror.
Después de años de una ardua labor de inteligencia, la CIA y otros cuerpos de inteligencia de los Estados Unidos lograron ubicar el paradero de Osama Bin-Laden. Estaba en una casa en la ciudad militar de Pakistán, Abbottabad. Después de una misión de los Seals de la Marina americana, aparentemente a espaldas del gobierno de Pakistán, en apenas cuarenta minutos, los integrantes de la misión mataron al líder de Al-Qaeda con un tiro (o varios) a la cabeza. Se dice que se le buscaba “vivo o muerto” y todavía se duda si opuso resistencia o no —aunque, honestamente, el gobierno americano reconoció que estaba desarmado cuando le dispararon. ¿Se trata de una ejecución sin juicio o de una acción de guerra? Las grandes mayorías en los Estados Unidos se han mostrado sumamente complacidas con la ejecución y muchos gobiernos importantes han aplaudido —algunas veces con discreción— la eliminación del terrorista culpable de miles de muertes en acciones terroristas, en particular las del 11 de septiembre.
Cabe preguntarse si la muerte de Bin-Laden es también un golpe mortal a Al-Qaeda. Opino que no pues, como ya se ha dicho, la muerte no acaba con el terror. Hay que contar, más bien, con la falta de apoyo a los grupos terroristas por parte de quienes los consideraban héroes. Hay que convencer a quienes practican el terror que con las muertes que ellos causan no se logran los objetivos perseguidos.

Notas:
(1) Editorial Taurus, México, 2008.
(2) Matices del Terrorismo, en Violencia – Criminalidad – Terrorismo, Fundación Venezuela Positiva, Caracas, 2005.

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